INTRODUCCIÓN
Potenciada por la tradicional forma de enseñanza de la historia, existe una tendencia natural a creer que una civilización nueva siempre fue mejor que la anterior porque incorpora todas sus virtudes y les añade otras nuevas. No obstante la realidad es bien diferente. Así pues, podemos encontrarnos con antiguas civilizaciones cuyo florecimiento social y cultural no sólo fue superior al brutal occidente de la Edad Media, sino que en muchos aspectos fueron incluso superiores a nuestro tiempo. Sirvan como ejemplo los Mayas en América y los Fenicios y los Íberos en el Mediterráneo.
Cuando los romanos conquistaron lo que actualmente es la provincia de Teruel se encontraron con dos grupos étnicos diferentes: los íberos y los celtíberos.
En un principio los historiadores de la antigüedad opinaban que los Íberos de nuestra península era un pueblo invasor procedente de Asia o de África. Hoy día esta opinión no es aceptada porque no existe ninguna prueba que ratifique invasión alguna relacionada con los Íberos.
El territorio ocupado por ellos, desde el siglo VI a.C. hasta el siglo I a.C,, se extendía desde Andalucía hasta el sureste de Francia, bordeando el Mediterráneo. En dichos territorios mantuvieron una serie de rasgos culturales comunes como por ejemplo la lengua, la cual sirvió a los pueblos que con posterioridad colonizaron nuestra península: griegos, cartagineses y romanos.
La visión con respecto a los Celtíberos también ha cambiado. Su nombre, apareció por primera vez a finales del siglo III a.C., para identificar inicialmente a aquellas poblaciones consideradas celtas que habitaban en el interior de la Península Ibérica, por lo que su significado inicial sería de Celtas de Iberia. Tras la conquista del valle medio del Ebro por los romanos, el término celtíbero fue restringiéndose solamente para nombrar a los habitantes del territorio del Sistema Ibérico y su entorno más inmediato. Su personalidad y su propio nombre, distinto al de otros grupos célticos del interior de la península, vienen explicado tanto por el hecho de hablar una lengua celta como por mantener una estructura social diferenciada de la de los Íberos, pero con rasgos culturales compartidos. A pesar de todo, estos grupos nunca alcanzaron una unidad política, como tampoco hubo un estado que aglutinase ni a unos ni a otros.
FORMACIÓN DE LA SOCIEDAD Y CULTURA ÍBERA Y CELTÍBERA
La mayoría de las poblaciones que existieron en el siglo VII a.C. en lo que hoy es la actual provincia de Teruel han quedado adscritas por los arqueólogos al Bronce Final / Hierro I, incluyéndose el Bajo Aragón en lo que se denomina “Cultura de los Campos de Urnas”. Dicho nombre se deriva del tipo de ritual que utilizaban para los enterramientos, el cual consistía en quemar el cadáver y depositar las cenizas en una vasija la cual se enterraba junto a otras formando un cementerio. Eran una especie de comunidades campesinas que se caracterizaban por el autoconsumo y una aparente ausencia de diferenciación social. La base de su alimentación estaba basada en la agricultura cerealista y en la ganadería ovina, caprina, vacuna y porcina. Las excavaciones de sus poblados llevadas a cabo demuestran que poseían una producción propia de objetos de bronce.
A lo largo de este mismo período se produce un cambio importante en el litoral levantino. La aparición de la cerámica fenicia nos demuestra la existencia de otro pueblo (los fenicios), que ya se habían asentado con bastante anterioridad en el sur de la Península. Dicho pueblo no creó colonia alguna en la franja mediterránea, excepto en Ibiza, sino que se desplazó y entró en contacto con las poblaciones indígenas con la única pretensión de comerciar. En realidad buscaban metales y productos agrícolas y los intercambiaban por objetos prefabricados con técnicas desconocidas por los nativos de aquellas zonas: cerámica fabricada a torno, instrumentos de hierro, telas, perfumes, aceite y vino.
El desarrollo de estas relaciones comerciales supuso un cambio importante para los indígenas, pues modificó sus gustos y modos de vida, su cultura y su propia estructura social. Al ser perecederos la mayoría de los productos, los nativos se veían obligados a aumentar sus relaciones con los fenicios e incluso con aquellos indígenas que hacían de intermediarios o que habían aprendido las nuevas técnicas de elaboración, y también con los griegos, que a partir del 500 a.C. suplantaron a los fenicios.
Durante el periodo inicial de iberización las comunidades del interior pasaron de una larga etapa dominada por el autoconsumo a otra en la que debieron producir excedentes para intercambiar productos procedentes de fuera. En este proceso, algunos miembros de la comunidad comenzaron a controlar las nuevas transacciones, y con ellas el resultado del trabajo de sus gentes. Todo ello les permitió acumular productos propios y ajenos, desarrollando una diferenciación social que desembocaría en el surgimiento de una verdadera aristocracia rural.
Los cambios culturales aparecieron junto con los sociales. Así por ejemplo se copiaron las formas de las vasijas a fin de controlar la tecnología que les permitió fabricar vasijas a torno, fundir y forjar el hierro o conocer el proceso de elaboración del aceite y del vino. Todo ello propició el surgimiento de un artesanado especializado, entre los que destacaron los alfareros y los herreros, y una mayor diversificación de la producción agrícola. En definitiva, asistimos al desarrollo de la denominada cultura ibérica.
Un ejemplo de los cambios que se produjeron lo demuestra la tumba descubierta en 1903 en la partida de Les Ferreres de Calaceite, datada a mediados del siglo VI a.C. Por el excepcional ajuar que se halló junto al difunto se deduce que nos encontramos ante el enterramiento de un guerrero perteneciente a esa nueva aristocracia. Junto a la urna que guardaba sus huesos calcinados se depositó su armamento entre el que puede distinguirse una espada de hierro y una coraza de bronce, y unos objetos de cierto prestigio como por ejemplo un recipiente de bronce y un quemador de perfumes también de bronce. Esta última y excepcional pieza fue adquirida por el Museo de Louvre a poco de descubrirse, si bien en 1941 el gobierno francés la intercambió con el español, pasando al Museo Arqueológico Nacional junto con la Dama de Elche.
CAMBIOS SOCIALES Y NACIMIENTO DEL ESTADO
Las diversas investigaciones arqueológicas practicadas demuestran que el proceso que se desarrolló en las comunidades de la etapa ibérica no fue lineal. Gran parte de los poblados que habían iniciado los cambios conocidos como iberización fueron destruidos y abandonados entre el 500 y el 400 a.C. Como ejemplo de ello destacan algunos de los poblados muy destacados del Bajo Aragón: San Cristóbal y El Piuró del Barranc Fondo de Mazaleón, El Tossal Redó de Calaceite, El Cascarujo y Siriguarach de Alcañiz, El Morenillo y Fila de la Muela de Alcorisa, Terrajeras I de Mas de las Matas y Cabezo Redondo de Urrea de Gaén. Paralelamente a lo anterior, desaparecieron los antiguos sistemas de enterramiento bajo túmulos de piedra, y las nuevas necrópolis, carentes de estas estructuras constructivas y de ajuares destacados, resultarán difíciles de identificar en el territorio ibérico.
Las crisis manifestadas por los distintos sistemas de poblamiento y las modificaciones existentes en el ritual funerario son la mejor demostración arqueológica de los cambios sociales que debieron sacudir a la población que habitaba el actual territorio turolense, y con ellos la profunda transformación de unos modos de vida que se remontaban a los inicios del primer milenio antes de Cristo. No obstante éste no constituye un fenómeno local aislado, ya que es paralelo a ciertos hechos trascendentales que acaecieron en el marco del Mediterráneo y en Europa Central. El repliegue etrusco en Italia, la desaparición de los príncipes hallstátticos en Centroeuropa o el hundimiento de Tartessos en el sur de España, son algunos de los hitos mejor conocidos. Este cambio y la consiguiente destrucción o abandono de poblados también ha quedado demostrado con las comprobaciones efectuadas en la cuenca del Duero, en el entorno del río Huecha y en el entorno de Borja (Zaragoza), entre otros.
Falta por precisar las situaciones que surgieron en esta etapa de transición de un siglo de duración. Se percibe la aparición de nuevos asentamientos, como El Cabo de Andorra, que a su vez se abandonaron dentro del propio periodo. Y faltan también por conocer ejemplos en la zona turolense que nos muestren la situación de inicios del siglo V a.C. No obstante, podemos encontrar un reflejo de la misma en territorios próximos, unos del interior, como la mencionada cuenca sedimentaria del Duero, donde aparecen las ciudades vacceas, o en los territorios vettones y lusitanos, donde recientemente se ha constatado la emergencia de sus “oppida”, verdaderos núcleos urbanos, o en el más cercano territorio levantino de Líria: allí se ha investigado el desarrollo de la ciudad que llevó el nombre de Edeta. Todo ello viene a demostrarnos que el cambio mencionado va más allá de una modificación de los sistemas de poblamiento. El surgimiento de los grandes núcleos de población, o ciudades, viene a ser el reflejo físico de un nuevo sistema político. Por primera vez, en muchos territorios de la península, surge el estado controlado por grupos aristocráticos.
En el medio ibérico estos estados dan lugar a los grupos que cartagineses y romanos nos señalan en sus conquistas de los siglos III y II a.C. Al igual que la mencionada ciudad-estado de Edeta dio lugar a la etnia de los edetanos, la de Sedeis, situada en el entorno de La Puebla de Híjar, conformó la de los sedetanos, y la de Turba, cerca de Sagunto, la de los turboletas. En definitiva: las etnias designaban a los habitantes de las nuevas ciudades y del territorio que dependían de ellas.
Si bien falta todavía por identificar en el territorio turolense una ciudad con niveles arqueológicos perteneciente a este momento inicial, se conoce un buen ejemplo de asentamiento rural donde residió una de las poblaciones de campesinos cuya producción era fiscalizada por la ciudad en cuyo territorio se asentaba; es el Taratrato de Alcañiz. Su urbanismo de calle central, con casas adosadas de similar tamaño, nos indica la pervivencia de los antiguos modelos de asentamientos de nueva planta; aunque manifiesta algunos cambios, con espacios internos de las viviendas más compartimentados y la presencia de un torreón defensivo junto a la entrada del poblado.
Distinta debió ser la relación etnia/ciudad en el ámbito celtibérico, dado que no se encuentran ejemplos en los que se vinculen los nombres de estas dos entidades de una forma similar a la vista en el área ibérica. Así, el territorio occidental de la actual provincia de Teruel debió estar ocupado por los celtíberos belos, siendo Damaniu, en Hinojosa de Jarque, la ciudad que marcaría el límite con la zona ibérica. La ciudad más importante de los belos fue Segeda en Mara, entre Daroca y Calatayud. Contrariamente a lo hasta ahora explicado, al surgir algunas de las nuevas ciudades, éstas tomaron el nombre de la etnia. Tal es el caso de Contrebia Belaisca, en Botorrita, que tomó el apelativo de la etnia de los belos para diferenciarse de otras ciudades con similar nombre como la Contrebia Cárbaica o de los carpetanos, en la provincia de Cuenca. No obstante, y a diferencia de las etnias ibéricas, las celtibéricas nunca tuvieron una unidad política, esto es: nunca existió un estado belo. La distinta estructura social existente entre íberos y celtíberos fue la que marcó esa diferencia.
Este hecho se constata en las relaciones familiares. Los íberos manifestaban una forma de familia restringida, denominada con un solo nombre, “ilduradín”, según señala un sello aparecido en una tinaja en Azaila, o con el nombre de la ciudad de origen, tal como ocurre en el mosaico de La Caridad de Caminreal, que si bien se encuentra en territorio celtibérico, en la inscripción reza: “licinete, erciar, usecertecu, ésto es: “Licinio de Osicerda (seguramente El Palacio de Alcañiz) lo hizo”. Sin embargo, los celtíberos continuaron con la estructura similar a una familia extensa, cuya pervivencia se remonta, como mínimo, a inicios del primer milenio antes de Cristo. Una de las formas de denominación más completas la encontramos en la denominada estela de Ibiza, por haberse hallado en esta localidad: “tirtanos abulocum letontunos ce belicios”, que significa “Tritanos, hijo de Letontu, de los Abulocus (nombre de la familia extensa o gentilidad) de Beligio (ciudad-estado localizada en Azuara, Zaragoza)”. Una nominación más simple aparece en una inscripción existente en el único santuario rupestre localizado en la Celtiberia, el de Peñalba de Villastar: ”turos carocum viros veramos”, ésto es: “Turo de los Carocos, hombre supremo”. Todos esos ejemplos deben fecharse en el siglo I a.C., mostrándonos la pervivencia de estas estructuras sociales.
Existe una gran paradoja en el desarrollo de la cultura ibérica en el territorio turolense, y es el hecho de que alcanzó su máxima personalidad y esplendor en el momento en el que este territorio era conquistado por el ejército romano, hecho que se inicia a finales del siglo III a.C. A diferencia de otros ámbitos ibéricos, como el Alto Guadalquivir, no existe la gran estatuaria que los aristócratas del sur se hicieran erigir durante el siglo V a.C. Las dos únicas esculturas de piedra, de cierto tamaño, corresponden a los dos caballos procedentes de El Palao de Alcañiz que aparentemente pertenecen a esta etapa tardía.
La escritura de tipo ibérico se empleó tanto para la lengua ibérica como para la celtibérica. Si bien los textos conservados en el actual territorio turolense no parecen remontar el siglo II a.C., el hecho de que no se empleara la escritura latina, implica que debió de existir un uso previo ya consolidado en la utilización del signario ibérico. La escritura estuvo muy difundida entre la sociedad, empleándose en usos privados, como en el grafiti localizado en una de las paredes del poblado de San Antonio de Calaceite, o los más frecuentes realizados sobre vasijas, como los encontrados en el Cabezo de Alcalá de Azaila. La utilizaron los alfareros para sellar vasijas con su nombre y los musivarios para identificar los mosaicos fabricados por ellos. También aparece en documentos públicos, y si bien es en la ciudad de Contrebia Belaisca, en Botorrita, donde se han hallado los textos más extensos escritos en la antigüedad en una lengua del grupo de las celtas, en Torrijo del Campo, próximo a la ciudad existente en La Caridad de Caminreal, se localizó un bronce procedente muy probablemente del archivo o tubularium de esta ciudad. Pero los documentos públicos más frecuentes en su uso fueron las monedas. Muchas de las ciudades existentes en el valle medio del Ebro acuñaron, en esta etapa tardía de la cultura ibérica, monedas de bronce con su propio nombre, y sólo algunas de ellas fueron emitidas en plata, demostrando la existencia de una verdadera jerarquización entre dichas ciudades. Algunos de estos centros de emisión, o cecas, parecen estar identificados, como es el caso de Damaniu, en Hinojosa de Jarque, u Osicerda en Alcañiz. A veces sólo conocemos el territorio donde se debieron de emitir, como Orosis, en Caminreal o en su entorno, y también hay casos que si bien se han atribuido frecuentemente a un lugar concreto por su aparente relación toponímica, lo cierto es que se desconoce el lugar donde se encontraban, tal es el caso de Ilducoite, relacionado con Oliete.
El poblamiento continuó buscando lugares de cierto relieve para su ubicación. Unos fueron continuidad de las etapas anteriores, pero otros surgieron en este periodo, como por ejemplo el Cabezo de San Pedro en Oliete, que, con un sistema defensivo extraordinariamente conservado, parece levantarse en la etapa de conquista romana, a juzgar por los materiales arqueológicos descubiertos por el equipo del Museo de Teruel. A esta etapa final correspondería el próximo poblado del Palomar de Oliete, con calles pavimentadas. Pero va a ser el asentamiento del Cabezo de Alcalá de Azaila el que mejor muestre los cambios existentes respecto a las fases anteriores. Cabré culminó la excavación de la zona de su acrópolis, que es sólo una parte del extenso yacimiento que se extiende por el entorno que rodea a la citada elevación. El urbanismo de la cumbre se organizó en torno a calles enlosadas y aceras, vías de comunicación de las viviendas de planta y distribución desigual, indicio de las manifiestas diferencias sociales existentes en esta etapa. Algunas de las casas acusan un plano de origen itálico. Este hecho debió ser frecuente en aquellos asentamientos surgidos con posterioridad a la caída de Numancia en el 133 a.C., y tal es el caso de las denominadas ciudades de llano, de las que se conocen varios ejemplos en el noreste peninsular. Una de ellas es La Caridad de Caminreal. Precisamente la casa donde se localizó el mosaico con la inscripción de licinete fue una mansión aristocrática de 900 metros cuadrados de extensión con una planta que seguía un modelo itálico.
El uso de materiales de técnica itálica por parte de los indígenas en las construcciones de esta època, como los mosaicos o los estucos de las paredes, muestra como se estaba fraguando ya en las últimas décadas del siglo II a.C., lo que se considera como proceso de romanización de las poblaciones ibéricas y celtibéricas.
En el territorio del Bajo Aragón, en el ámbito geográfico que se extiende desde Oliete a Calaceite, se vienen localizando desde principios del siglo XX una serie de estelas de piedra: grandes sillares muy bien trabajados que muestran escenas reiterativas, con puntas de lanza y personajes masculinos a caballo o en carro. Una de las procedentes de El Palacio de Alcañiz representa a un jinete lancero con escudo redondo; la misma figura aparece al lado, muerta y rodeada de tres buitres y un cánido y acompañada de una mano cortada. Las mayores dimensiones de dicha mano en relación con toda la escena, hacen pensar que nos encontramos ante la diestra amputada de otro guerrero. Es la representación de un héroe con un ritual ya conocido. Así, Diodoro Sículo atribuía a los mercenarios ibéricos en el siglo V a.C. en sus campañas sicilianas que, además de cortar las cabezas de los prisioneros, reunían las manos cortadas, práctica que también realizaron los romanos. La escena de los buitres rodeando al cadáver nos recuerda a la representada en la cerámica de Numancia y parece mostrar gráficamente una cita de Silio Itálico sobre los celtíberos, en la que señalaba que los guerreros muertos en combate se exponían a los buitres para que sus almas remontaran a los cielos tras ser devorados.
Con el territorio levantino deben relacionarse las estelas descubiertas en La Iglesuela del Cid, que sólo llevan escritura. Y como ejemplo único debe considerarse el hallazgo de Nogueruelas: una escultura de un guerrero con amplia inscripción en el pecho.
La producción alfarera alcanzó un notable desarrollo en esta etapa final de la cultura ibérica. Los hallazgos procedentes de Azaila en el siglo XIX fueron los primeros que sirvieron para que se valorara internacionalmente la personalidad de la cultura ibérica. Este yacimiento ha proporcionado uno de los conjuntos con mayor entidad, propio de un momento en el que se barroquizan las decoraciones y surgen alfares con estilos diferenciados. Domina la decoración vegetal, con motivos complejos, gran parte de ellos derivados de series de hojas de hiedra. Junto con estas decoraciones aparecen también representaciones de animales que registran escenas de lobos atacando ciervos. Pero sin duda, la más excepcional corresponde a la realizada sobre un kalathos o vasija de tipo troncónico. Curiosamente otra que recoge una decoración similar apareció en El Cabezo de La Guardia de Alcorisa, y es muy probable que se fabricara en uno de los muchos alfares localizados en sus proximidades, entre esta localidad y Foz-Calanda. Las decoraciones muestran tres escenas: dos personajes que se saludan, un labrador con sus bueyes, y unos jinetes lanceros. Llenando los huecos aparecen animales como: jabalíes y lobos, pájaros y también motivos vegetales. Otro de los conjuntos cerámicos excepcionales lo ha proporcionado El Castelillo de Alloza, donde son frecuentes las escenas figurativas, algunas complejas como el hombre desnudo con cabeza de ave, que agarra la lengua de un lobo de grandes dimensiones, reflejo de un complejo mundo espiritual que, en este caso, parece corresponder al mismo que representa, dos siglos atrás, el conjunto escultórico de El Pajarillo, en Jaén. Cabe destacar el hecho de que buena parte de estas vasijas decoradas de Alloza, lleven textos ibéricos escritos por el propio alfarero, mostrando que nos encontramos ante vasijas encargadas para un destino todavía por explicar.
Finalmente hay que señalar el simbolismo mostrado en un fragmento procedente del Palomar de Oliete: una pareja de jóvenes representados de frente, y en donde que la igualdad de tamaño de ambos, refleja la valoración que se hacia de la mujer en la sociedad ibérica.
ARAGÓN RECUERDA A LOS POBLADORES DE LA IBERIA
Año 75 antes de Cristo. Una próspera ciudad lleva meses sitiada. Fuera de las murallas, desesperado ante la férrea resistencia de sus habitantes, un ejército romano a las órdenes de Pompeyo el Grande trata de someter a la población. Intramuros, decidida a vender cara su piel, una comunidad de íberos partidarios del ex senador romano Sertorio aguanta el asedio.
La paciencia de unos se agota al mismo ritmo que merman los recursos de los otros. Se imponen las soluciones drásticas. Para entrar en el recinto amurallado, los invasores construyen una rampa con argamasa y materiales de las casas de los barrios externos que les permite atravesar el foso y las murallas, arrasando todo a su paso. La resistencia de la población es dura, a juzgar por las barricadas y las numerosas bolas de catapulta y ballestas para disparar lanzas que siembran las calles. La destrucción es total y la ciudad nunca se recupera del golpe.
Todavía quedan restos de este lugar, municiones y defensas incluidas. Fue descubierto en 1885 por Pablo Gil y Gil y excavado por primera vez en 1919 a manos de Juan Cabré Aguiló. Se denomina Cabezo de Alcalá y está en la localidad turolense de Azaila, junto al río Aguasvivas. Es también uno de los 19 yacimientos de la época íbera que se conservan en el Bajo Aragón que han sido reunidos recientemente en la denominada Ruta de los Íberos. Se trata de un programa para la puesta a punto de estos enclaves promovido por tres grupos Leader de acción local, en colaboración con el Gobierno de Aragón y con participación de cinco comarcas, doce ayuntamientos y la Diputación de Teruel. José Antonio Benavente dirige el consorcio Patrimonio Ibérico de Aragón, constituido por estas 22 entidades y que gestionará la ruta en su totalidad.
"Su objetivo final es la creación de una ruta turística basada en la cultura íbera y en la identidad propia del territorio del Bajo Aragón". Para ello llevan años excavando, limpiando, acondicionando y sacando a la luz ricos vestigios de una cultura muy arraigada en esta esquina de la comunidad, donde se concentran varios centenares de yacimientos y otros restos que confirman una densa ocupación del territorio durante la época ibérica, más o menos desde el siglo VII antes de Cristo hasta el I de nuestra era.
Estas señales que marcan las rutas son visibles en caminos y sendas, donde sería fácil despistarse si el visitante no se guiara por la flecha roja adornada con el logotipo oficial de la Ruta de los Íberos en el Bajo Aragón. Una intrincada red de caminos rurales, a menudo impracticables si no se dispone de un vehículo todoterreno, conduce a la mayoría de estos lugares, a los que es posible también acceder a pie a través de rutas senderistas llenas de puntos de interés más allá de estos vestigios y cuyos planos están, en los centros de visitantes.
Pero si el pasado está poblado de historias singulares como la ocurrida en Azaila, el presente no es menos azaroso en lo que concierne a estos yacimientos íberos. El ejemplo más claro se levanta en la actualidad junto al parque de San Macario, en Andorra, mas el enclave original nunca estuvo allí. De hecho, se encontraba a unos dos kilómetros de la localidad, en medio de una mina de carbón a cielo abierto.
"La empresa Endesa, propietaria de la explotación minera y conocedora de la existencia del yacimiento, financió la excavación completa del poblado mientras que el Gobierno de Aragón, una vez finalizadas las excavaciones y estudios, concedió los permisos para que continuara el trabajo en la mina, declarando el lugar libre de restos arqueológicos". El resultado fue el traslado, piedra por piedra, de gran parte del yacimiento del Cabo, datado en el siglo V antes de Cristo, hasta su enclave actual.
De este modo, quienes se acerquen a visitar este lugar se encontrarán con una suerte de "parque temático" experimental en el que los arqueólogos han recreando un poblado íbero con una finalidad fundamentalmente didáctica, dirigida especialmente a escolares y turismo cultural. Los visitantes podrán conocer, vivir y sentir el día a día de sus pobladores, cómo eran sus pueblos, en qué casas vivían y de qué manera se estructuraban las jerarquías. "En un futuro, queremos que se pueda incluso pernoctar en el poblado, para que la gente tenga contacto directo con esta cultura", explica el gerente de la Ruta de los Íberos.
Pero conocer los usos y costumbres de los primitivos pobladores de Iberia pasa también por paladear su cocina, y éste es otro reto de los responsables del proyecto. Para ello está previsto impartir cursos de gastronomía íbera a los restauradores de la zona para que puedan ofrecer a sus clientes menús con todo el sabor de aquella cultura. "De hecho, Caspe acoge ya un taller de cocina experimental y un restaurante cercano a Alcañiz, a escasos metros del yacimiento del Taratrato.
La situación de estos yacimientos tiene algo en común, y es la extraordinaria visibilidad del entorno con un carácter defensivo. A los pies del río Martín, Oliete se divisa a lo lejos desde el espectacular enclave sobre el que se alza el recinto fortificado del Cabezo de San Pedro, llamado también "de los griegos", porque a ellos atribuyeron su construcción los monjes mercedarios que fundaron el centro agrícola-ganadero de San Pedro en 1320.
El yacimiento, apenas excavado, data del siglo III antes de Cristo y es "uno de los más espectaculares de la ruta y único en España por sus características". Éstas son un torreón de 13 metros de altura, el más alto que se conserva en todo el país, y un sistema defensivo monumental que protegía el camino de paso hacia el valle donde se emplaza la actual localidad turolense.
Solamente son tres ejemplos, pero quizá animen al lector a descubrir riquezas del pasado casi a la vuelta de la esquina. Y es que la Ruta de los Íberos en el Bajo Aragón, al consolidarse y tener planes de seguir creciendo, también ha servido de reconocimiento hacia un pueblo que ayudó a conformar lo que hoy somos.
LA RUTA DE LOS ÍBEROS EN EL BAJO ARAGON
La Ruta Iberos en el Bajo Aragón pretende ser un innovador producto de turismo cultural y arqueológico que combina no solo la visita de yacimientos de época ibérica y una serie de centros de visitantes con ellos relacionados, sino también la promoción de un territorio de honda tradición mediterránea en el que se resaltan sus paisajes, su gastronomía, su artesanía... La Ruta, con una base científica rigurosa, va destinada a todo tipo de público y tiene un carácter claramente divulgativo.
El proyecto se centra inicialmente en el área bajoaragonesa y viene delimitado por los ríos Aguasvivas, por el Oeste; Algás, por el Este; Ebro, por el Norte, y estribaciones ibéricas del maestrazgo turolense, por el Sur. Incluye las actuales delimitaciones comarcales de Andorra-Sierra de Arcos, Bajo Aragón, Bajo Martín, Matarraña y Bajo Aragón-Caspe
El proyecto está promovido por el Departamento de Educación, Cultura y Deporte del GOBIERNO DE ARAGÓN a través de la Dirección General de Patrimonio Cultural; así como por los Grupos de acción local que gestionan los programas Leader Plus en el área bajoaragonesa. ADIBAMA (Bajo Martín, Andorra-Sierra de Arcos), OMEZYMA (Bajo Aragón, Matarraña) y CEDEMAR (Bajo Aragón-Caspe, Ribera Baja del Ebro).
En el proyecto participan también las Diputaciones Provinciales de Teruel y Zaragoza, cinco Comarcas del área oriental de Aragón, 12 Ayuntamientos y diversas entidades privadas.
Centros de Visitantes de la Ruta y contenidos temáticos
El proyecto prevé la mejora o creación de un total de 11 pequeños centros de visitantes con contenidos temáticos distintos que, en conjunto, proporcionarán una visión detallada de los múltiples aspectos de la cultura ibérica bajoaragonesa. Éstos son los once centros:
Alcañiz: Historia de la cultura ibérica bajoaragonesa y de las investigaciones.
Alcorisa: Tecnología cerámica, hornos.
Alloza: Cerámica ibérica, aspectos decorativos y formales.
Andorra: Recreación de un poblado ibérico, arqueología experimental.
Azaila: Organización del territorio, urbanismo, vivienda.
Calaceite: El arqueólogo Juan Cabré. Vivienda, indumentaria, tecnología.
Caspe: Religiosidad y mundo funerario.
Cretas: Lengua y alfabeto ibéricos.
Mazaleón: Orígenes y evolución del poblamiento ibérico.
Oliete: Fortificaciones, actividades productivas.
Valdeltormo: Casas-torre, torreones defensivos.
Localidades y yacimientos arqueológicos incluidos en la Ruta
El comité científico y de seguimiento del Proyecto Iberos en el Bajo Aragón propuso inicialmente incluir en la Ruta las siguientes localidades y yacimientos arqueológicos de época ibérica ya excavados:
Alcañiz: El Palao, El Tarratrato y necrópolis de El Cascarujo
Alcorisa: Cabezo de la Guardia
Andorra: El Cabo, complejo arqueológico
Azaila: Cabezo de Alcalá
Calaceite: San Antonio y Tossal Redó
Caspe: La Tallada y necrópolis de La Loma de los Brunos
Cretas: Els Castellans
Foz Calanda: Hornos cerámicos de El Olmo y Mas de Moreno
Mazaleón: San Cristóbal y Piuró del Barranc Fondo
Oliete: El Palomar y Cabezo de San Pedro
Valdeltormo: Torre Cremada y Tossal Montañés.
Información detallada de la Ruta de los Íberos y sus yacimientos en el Bajo Aragón
http://www.iberosenaragon.net/yacimientos.php
BIBLIOGRAFÍA
* “El territorio turolense en la época ibérica” - Francisco Burillo Mozota - Instituto de Estudios Turolenses - Teruel, 2002.
* “Aragón recuerda a los pobladores de la Iberia”. http://www.heraldo.es/heraldo.html?noticia=205451
* “La Ruta de los Íberos en el Bajo Aragón”. www.iberosenaragon.net
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