HISTORIA DE LA PROVINCIA DE TERUEL

 

RESUMEN HISTÓRICO

El poblamiento de las tierras turolenses se remonta al paleolítico. El resto humano más antiguo de Teruel y de todo Aragón corresponde al llamado “Hombre de Molinos”. Se trata de los restos de un hombre de Cromagnon, encontrados en la famosa cueva de Cristal en la localidad de Molinos. Pertenecieron a un individuo de unos treinta años, que vivió en el Paleolítico Superior, hace 25.000 años, durante la Prehistoria.

Entrada a las Grutas de Cristal. Molinos (Teruel)
Restos del ser humano más antiguo de Aragón.
Interior de las Grutas de Cristal . Molinos (Teruel)

La existencia de útiles como hendedores de cuarcita o bifaces de sílex en las terrazas de San Blas (Teruel), confirman la presencia del hombre ya en el Paleolítico Inferior, presencia que se agudiza con la existencia de restos musterienses (Paleolítico Medio) en la cueva Eudiviges (Alacón) o en el abrigo de Los Toros (Cantavieja) dentro del Maestrazgo turolense, pero son los períodos Epipaleolítico y Neolítico los que manifiestan claramente un fuerte asentamiento en Teruel dada la rica abundancia de yacimientos.
La principal herencia que dejó el hombre prehistórico en la provincia de Teruel está constituida por las mundialmente famosas pinturas, realizadas en abrigos rocosos que datan de hace unos 8.000 años; a esta etapa corresponden las escenas de “los Chaparros” de Albalate del Arzobispo. A esta manifestación prehistórica se le denomina Arte Rupestre Levantino. Se descubrió por primera vez en el mundo en la provincia de Teruel, primero en 1892 cuando Marconell descubrió el Prado de los Toricos del Navazo y la Cocinilla del Obispo en Albarracín, y luego en 1903 en Cretas donde Juan Cabré descubrió el abrigo de Calapatá. El Arte Rupestre Levantino se desarrolló durante más de cinco mil años:
- Entre el 6000 y el 3500 a.C. aparecieron las pinturas de grandes figuras en Albarracín, Ladruñán y Cretas.
- Entre el 4000 y el 3000 a.C . aparecieron representaciones humanas como las de Els Secans o el Prado de las Olivanas.
- Entre el 3500 y el 2000 a.C. aparecieron escenas de arqueros en actitud de caza como las de El Cerrao de Obón y las de Val del Charco.
- Hacia el 2000 a.C. pastores y agricultores dejaron plasmadas en las cuevas sus nuevas formas de vida con trazos más esquemáticos. Ejemplo de ello son la cueva de Doña Clotilde y el barranco del Pajarejo, en Albarracín.
Además del Arte Rupestre Levantino, destacan también en la región turolense las pinturas de los pueblos de las culturas de los metales. Pintaron también en los refugios pero utilizando unos trazos muy esquemáticos. Ejemplo de ello son los grabados de Pozondón y la Fenellosa de Beceite. Este arte esquemático se extendió desde el 1800 hasta el 700 a.C.
La transición del Bronce a la Edad del Hierro resulta difícil de sistematizar porque el Hierro suele ser una continuación de lo anterior con sistemas de vida muy semejantes. El conocimiento de la nueva metalurgia coincide con la penetración de pueblos extrapeninsulares: europeos y mediterráneos.

Cabritas.
Toricos del  Navazo
Figuras humanas

La llamada “iberización” se observa en casi todo el territorio turolense, pero principalmente en el Bajo Aragón (Azaila, Calaceite, etc ) y en el Maestrazgo. Lobetanos (en Albarracín), turboletas (en Teruel), ilergavones (en el Matarraña), edetanos y lobetanos son ejemplos de pueblos prerromanos, dentro de los grupos ibéricos y celtibéricos, que poblaron los territorios turolenses. A la cultura celtíbera pertenece el yacimiento de El Poyo del Cid y a la cultura íbera algunos yacimientos como los de Azaila, Calaceite, Mazaleón, Cretas y Oliete.
El hallazgo de restos fenicios en Mazaleón y restos griegos en Cretas, Azaila y Calaceite, así como los diversos yacimientos en los cursos de los ríos Algás, Matarraña, Martín y Guadalope, atestiguan la presencia de estos pueblos en la provincia.

Poblado íbero de Oliete. (Teruel)
Poblado íbero de Azaila (Teruel)
Poblado íbero de Calaceite (Teruel)

En el año 218 a.C, tras la llegada de los romanos a la península para luchar contra los cartagineses se destruyen los poblados de San Antonio (Calaceite), La Cerrada (Andorra) y los de Parras de Castellote. A la caída de los cartagineses en el 206 a.C. los ilergetes se sublevaron contra los romanos pero fueron derrotados por Publio Cornelio Escipión. Entre el 181 y 179 a.C se produjo la primera guerra celtibérica en la que Flacco logra dominar el valle del Jiloca y conectar, a través de los llanos turolenses, el valle del Ebro con Levante. En el 133 a.C , tras la caida de Numancia, terminó la resistencia celtíbera, aunque en el siglo siguiente surgieron las guerras civiles de los romanos en las que se vio envuelta toda la región aragonesa. La guerra entre cartagineses y romanos en nuestro suelo marcó el inicio de la romanización de las tierras aragonesas.
La presencia de Roma supuso, en algunos casos, una solución traumática, pero, en conjunto, las tierras turolenses se adaptaron pronto al nuevo dominio y a la nueva situación, sobre todo, a partir de la estabilización que se produce con César y Augusto. Teruel quedó adscrito a la provincia Tarraconense y perteneció al conventus cesaraugustanus, pasando a formar parte del mundo romano.

Puente romano de Luco de Jiloca (Teruel)
Acueducto romano de Cella (Teruel)
Poblado romano de Caminreal (Teruel)

Como muestra de la romanización turolense destacan, entre otros, algunos restos como: los puentes de Luco de Jiloca y de Calamocha, unas inscripciones en el muro externo de la iglesia de Albarracín, las lápidas de la ermita del Cid en Iglesuela del Cid y el acueducto, en gran parte excabado en la roca, que conducía el agua desde Albarracín hasta Cella y que todavía puede apreciarse hoy.
La presencia visigoda en territorio turolense está poco estudiada y documentada, no obstante existen restos arqueológicos en lugares como Orihuela del Tremedal y en algunos puntos próximos al valle del Ebro como Oliete, Albalate y Calaceite.
La expansión musulmana por tierras turolenses se comienza en el 714. La posición extrema de Teruel respecto a Al-Andalus dio lugar a una autonomía política propicia a la disidencia y a las luchas como en el resto de Aragón. Dentro del período musulmán merece especial mención el reino taifa de Albarracín, gobernado por los Ben Razín que, enmarcado por las peculiaridades orográficas de la serranía, alcanzó autonomía frente a la tutela cordobesa en el siglo XI. Cien años después, los almorávides acabaron con la independencia de Ben Razín. El resto del territorio turolense apenas destaca históricamente a lo largo de la presencia musulmana, siguiendo, por tanto, la tónica general tras el hundimiento del Califato (1010).
Alfonso IIEn 1118, tras la conquista de Zaragoza, Alfonso I el Batallador inició la expansión por las tierras de Teruel, dominando toda la zona del Jiloca (Monreal del Campo fue fundado en 1124; Cella en 1127), e incluso se adentró hasta Molina de Aragón (1129). En el mismo año 1118 controló todo el territorio desde el Bajo Aragón hasta Gúdar y fortificó Cella, Torrelacárcel y Singra. Tras la crisis política derivada del extraño testamento de Alfonso I, Ramiro II solucionó la crisis testamentaria y Ramón Berenguer IV pasó a ejercer las funciones de gobierno de Aragón.
Fueron Ramón Berenguer IV y Alfonso II quienes, entre 1137 y 1196, llevaron a cabo la extensión de los límites de Aragón hasta los confines de la actual provincia de Teruel. Concretamente Alfonso II amplió la frontera aragonesa en 1171 hasta Mora de Rubielos y conquistó Cantavieja, Alfambra y definitivamente, Teruel. Un año antes Pedro Ruiz de Azagra había conquistado ya Albarracín. La reconquista repobló la región y dio a su economía un carácter ganadero.
La llegada de los almohades a Valencia supuso llevar a la práctica la consolidación de fronteras mediante fortificaciones (Teruel fue fortificado en 1171 y consiguió sus propios fueros en 1177), fueros y el apoyo de las Órdenes Militares del Temple, Hospital, Calatrava y Alfambra, a las que se entregaron castillos y propiedades dando lugar posteriormente a múltiples encomiendas. Como ejemplo, la zona que hoy constituye el Maestrazgo, salvo alguna excepción, perteneció a estas órdenes militares, llegando en algunos casos tal posesión hasta el mismo siglo XIX.
Con Pedro II, dedicado más a la política internacional, la frontera turolense apenas avanzó, siendo Pedro III quien acometió la última etapa de la reconquista, al incorporar a la Corona el señorío de Albarracín en 1284.
La decisión de Jaime I de crear el reino de Valencia conllevó la fijación de los límites de la provincia de Teruel que, salvo algún retoque como el de Ademuz, viene a coincidir prácticamente con los existentes actualmente. Con ello finalizaba la reconquista turolense y, por tanto, aragonesa, pasando a formar parte de las vicisitudes de la Corona (foralismo, conflictos nobiliarios, luchas urbanas, entronización de los Trastámara, crisis, revueltas campesinas, etc) hasta el inicio de la “modernidad” con Fernando el Católico.
Desde el punto de vista de la organización del territorio y de la administración del reino, sobresale en el siglo XIII la aparición de las entidades territoriales llamadas “Comunidades de aldeas”, destacando la de Teruel (a partir de 1277) y la de Albarracín (mediados del siglo XIII), a su vez divididas en “sesmas” o agrupaciones de aldeas. Fueron fórmulas muy válidas para la reorganización de los nuevos espacios de la Corona y para la ordenación del sistema económico (tierras de labor, pastos, caminos, etc).
La unión dinástica de Castilla y Aragón con los Reyes Católicos marcó el ocaso de la corona aragonesa como institución viva, tanto en su realidad política como institucional, a favor del nacimiento de la monarquía española. La creación del “Consejo de Aragón” (1494) supuso una transformación profunda de las características de la Corona y el paso hacia una dinámica absolutista que se manifiesta claramente al entronizarse en España la casa de Habsburgo. La autonomía y el foralismo sufrirán su primer embate.
El siglo XVI en Aragón se caracterizó por la expansión demográfica, la exasperación foral, la conflictividad (bandolerismo, insurrecciones antiseñoriales,etc) ante la presión social agraria, la indiferencia hacia el exterior y la españolización de la cultura, entre otros aspectos. Por ejemplo, las pretensiones de Carlos I por ampliar su autoridad chocaron con las Comunidades de Teruel y Albarracín, tierras de realengo muy apegadas a sus fueros, motivando sesión de Cortes primero y revuelta después, solucionadas finalmente por la fuerza militar con la ocupación por las tropas del rey.
El siglo XVII supuso para la provincia turolense una gran regresión demográfica y, por consiguiente, económica. Hambres, malas cosechas, etc, y ante todo, la expulsión de los moriscos (1610) constituyeron las causas de tal regresión. El problema morisco venía de antiguo, pues Calanda y Villafeliche ya habían protagonizado levantamientos moriscos (1526) forzados al bautismo o al destierro, prohibidas sus costumbres y perseguidos por la Inquisición. La expulsión fue total (60.818 moriscos de todo Aragón) y las consecuencias funestas: regresión poblacional, ruina de las tierras etc.
Tras la guerra de Sucesión y la subida al trono de España de Felipe V, se suprimieron los fueros (1707) de Teruel y Albarracín y se implantaron los decretos de Nueva Planta (1711). Con ello, la personalidad histórica de Aragón quedó disuelta e integrada política y económicamente a Castilla y Cataluña. No obstante la subida al trono del Borbón supuso la modernización de las estructuras políticas. Entre los hechos más sobresalientes en tierras turolenses durante el XVIII destacan las repercusiones del motín de 1766 (Alcañiz) y de la expulsión de la Compañía de Jesús, cuyos colegios de Monreal del Campo y Teruel fueron vendidos a beneficio de la Hacienda Pública. Por lo general, el XVIII fue un siglo positivo para Teruel, pues creció la agricultura por incremento de la superficie roturada, y adquirió importancia la industria textil de la lana.
Durante la Guerra de la Independencia Teruel sufrió las consecuencias de la misma. Tras la caída de Zaragoza, la Junta Superior de Aragón dominó los partidos de Teruel y Albarracín, mientras que las partidas guerrilleras, controladas por Pedro Villacampa en la margen derecha del Ebro, tenían su cuartel general en Orihuela del Tremedal. A su vez Linares de Mora fue centro de la industria guerrera y Mosqueruela cuartel general de Fco. Palafox (1810). En general las tierras turolenses y, ante todo, el Maestrazgo fueron un auténtico nudo de resistencia frente a la ocupación francesa y escenario bélico permanente durante toda la guerra.
Durante el “Trienio Liberal” destaca la desamortización llevada a cabo (1820), medida económica de gran importancia que supuso la venta de numerosos bienes en manos de las Órdenes Militares.
La existencia del gobierno liberal (1820-1823) levantó en 1822 grupos y partidas realistas como la de Joaquín Capapé, conocido como “El royo de Alcañiz”, que actuó en el valle medio del Ebro; partidas que continuaron durante la misma “Década Ominosa” con sus correrías inclinándose hacia el infante Don Carlos como preludio de las guerras carlistas. También debe destacarse la organización territorial de Aragón en provincias, emprendida durante el “Trienio Liberal”, desde las seis (Huesca, Barbastro, Zaragoza, Calatayud, Alcañiz y Teruel) hasta las tres existentes actualmente y dispuestas en 1833. (En realidad el proceso de formación de la actual provincia se inició en 1809 con el proyecto del departamento del Guadalaviar, que dio paso a la prefectura de Teruel en 1810. Concretamente la construcción de la provincia de Teruel se decretó en 1822, estableciéndose en 1833 los límites actuales y nombrando a Teruel la capital de la provincia.)
Tras la muerte de Fernando VII, frente a las posturas liberales de ciudades como Teruel o Alcañiz, el Maestrazgo fue centro carlista de gran envergadura, donde los Quílez, Carnicer o Cabrera llevaron a cabo sus campañas, sobre todo durante 1837 y 1838, año en el que el dominio carlista sobrepasó los límites del Maestrazgo.
El año 1840 marcó el final de la guerra (el 31 de agosto se había firmado el “Convenio de Vergara”, nunca aceptado por Cabrera) en tierras turolenses a manos de Espartero.
En 1843, Teruel presentaba un activo núcleo republicano comandado por Victor Pruneda, perseguido implacablemente por los progresistas. La hegemonía de los moderados durante la década de los 40 y 50 coincidió con tentativas armadas de signo radical (1854, Teruel, Alcañiz por ejemplo) hasta el sexenio revolucionario. A la par existieron tentativas de signo conservador (1855, insurrección carlista).
La expansión de la agricultura en la segunda mitad del XIX se dejó notar en Teruel, pero quedó al margen de lo comercial y de la tímida industrialización registrada en otros territorios aragoneses. El aragonesismo cuajó en algunas zonas de Teruel (Asamblea Regionalista del Bajo Aragón, Alcañiz,1897), pero políticamente la provincia perdió el peso histórico antes experimentado hasta la llegada de la República.
El estallido de la Guerra Civil convirtió a Teruel en un marco de operaciones hasta que, a mediados de 1938, se alejó el frente de tierras aragonesas.
( véase La Batalla de Teruel ).

Este resumen queda completado con las páginas de "Teruel Provincia", que hacen referencia a la historia de la provincia de Teruel.

COMUNIDADES, SEÑORÍOS Y CASTILLOS TUROLENSES

En un sorprendente testamento que realizó Alfonso I el Batallador, dejó su reino a las órdenes militares del Hospital de San Juan de Jerusalén, el Temple y el Santo Sepulcro. Aunque el testamento no llegó a cumplirse, las órdenes tuvieron una importante presencia en la Corona de Aragón. Concretamente en la provincia de Teruel ocuparon importantes enclaves en lo que hoy se denomina el Maestrazgo.
Castillos y localidades como la de Aliaga pertenecieron a la orden del hospital de San Juan de Jerusalén. La orden del Temple, que desde 1196 integró en sus dominios la del Santo Redentor de Alfambra o Montegaudio, ocupó, entre otros, los castillos y villas de Castellote, Alfambra, Villel, Libros, Cantavieja, y Mirambel.
En 1312, con la desaparición de los Templarios, sus dominios pasaron a los Hospitalarios y a la recién creada orden de Montesa. La única encomienda de la orden de Santiago que existió en Aragón se estableció en Montalbán mientras que la orden de Calatrava dispuso del castillo de Alcañíz.

Castillo de Peracense (Teruel)
Castillo de Alcañiz (Teruel)
Castillo de Valderrobres (Teruel)

Gran parte del territorio de Teruel quedó dividido en comunidades o agrupaciones de población en torno a una ciudad. Disponían de fuero propio, territorios comunales para su aprovechamiento y autonomía jurisdiccional.
Una gran parte del actual territorio turolense estuvo repartido entre las comunidades de Teruel, Albarracín, Daroca y Huesca, quedando incorporada esta última a la de Daroca en el siglo XVII. Al crearse la provincia de Teruel, la Comunidad de Daroca quedó dividida entre las provincias de Zaragoza y Teruel.
Entre los señoríos de Teruel destacó el de los Fernández de Heredia, que desde el 1367 se establecieron en Mora de Rubielos, donde erigieron el magnífico castillo gótico y la colegiata. Dentro de su gran patrimonio, que incluía localidades como por ejemplo: Tramacastiel, Gea, Alfambra o Alcalá de la Selva, realizaron importantes obras, como el ya citado castillo de Mora de Rubielos y el de Alcalá.

Castillo de Cedrillas (Teruel)
Castillo de Alcalá de la Selva (Teruel)
Castillo de Huesa del Común (Teruel)

De entre todos los Heredia destacó Juan Fernández de Heredia, el cual llegó a ser gran maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén. Su hijo, el arzobispo García Fernández de Heredia (1382-1411), fue el iniciador de las obras góticas de Teruel.
Órdenes militares, señores feudales, comunidades, obispos y arzobispos plagaron de castillos el amplio territorio turolense. La mayoría de ellos fueron reutilizados posteriormente durante las guerras carlistas, que tanta virulencia alcanzaron en esta provincia. Su accidentada orografía fue un constante campo de operaciones controlado durante mucho tiempo por el general Cabrera (el Tigre del Maestrazgo).
Entre los escenarios más cruentos de la primera guerra carlista destacan, entre otras, las localidades de: Rubielos de Mora, Alcalá de la Selva, Cantavieja, Castellote, Mirambel, Montalbán y Valderrobres.
Algunos de los castillos fueron arrasados, como por ejemplo el de Montalbán, que perteneció a la orden de Santiago, otros todavía permanecen, si bien ha sido necesaria la reconstrucción en algunos de ellos.
( Véase "Los castillos turolenses" en esta misma web ).

 

 

BIBLIOGRAFÍA
* "Rutas Aragonesas" - José L. Acín y Ramón Acín - Grupo Zeta - Zaragoza, 1998.
* "Teruel, Albarracín y Montes Universales" - Antonio Pardo - Susaeta ediciones.

* "Teruel y sus serranías" - Manuel Mercadal Ferreruela y Luis Lorente Villanueva - Editorial Everest, 1998.




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