LA
SIEGA
Bien
entrado el siglo XX se utilizaba el arado de madera o romano,
con timón de madera y reja de hierro que evolucionó
a la vertedera, modelo más avanzado por tener palanca
para dar vuelta a la tierra.
A partir de finales de la década de los sesenta comenzaría
la imparable revolución de la agricultura con la llegada
de las trilladoras, tractores, cosechadoras y otros accesorios,
permitiendo uno de los avances más espectaculares del
desarrollo de la humanidad.
En nuestra tierra, el cereal (trigo, cebada, avena y centeno)
se siembra en otoño, pues las nieves y lluvias primaverales
determinan las cosechas en el estío.
Antiguamente
su recolección era larga y costosa, daba comienzo para
el 24 de junio (San Juan), con la llegada de los piones, procedentes
mayoritariamente de la provincia de Castellón. Formaban
cuadrillas de segadores y entre ellos uno hacía de cabecero
o jefe de cuadrilla, encargándose, entre otras cosas,
de concertar con los amos precio, tajo y comida.
Venían
bien provistos de adentadas corbellas, sobadas zoquetas, zamarra
de piel, abarcas con piales, sombreros de paja y grandes moqueros
(pañuelos) para empapar el sudor.
La permanencia de los piones exigían a las amas de casa
y mujeres de la familia esfuerzos especiales en la preparación
de las comidas.
Tras levantarse muy temprano (al amanecer) se tomaban un pedazo
de pan con chocolate o unos mantecados u otras pastas y una
copa de cazalla o aguardiente, y partían para el tajo
andando, en caballerías o en carro. Al llegar campo se
hacían un cigarro de tabaco de picadura y comenzaban
a segar.
Sobre
las nueve de la mañana paraban a almorzar tomando sopas
con huevo, tortilla de patata, tajada de cerdo frita o algo
similar, todo ello acompañado de buen pan y abundante
vino de la tierra.
Sobre las once volvían a parar para tomarse el bocadillo
junto con algún tomate, cebolla, olivas y vino.
La comida del mediodía era sobre las dos. Solía
ser cocido, guisado de patatas, sopa y carne, potaje de garbanzos,
carne o tocino con patatas, o algo similar. No había
segundo plato, pero no faltaba el buen pan ni el vino. Después
de comer, si la faena se los permitía, se echaban una
corta siesta a la sombra, si la había.
Hacia
las siete de la tarde volvían a descansar para tomar
en esta ocasión la merienda, que era a base de una buena
ensalada y conserva de cerdo (longaniza, lomo y costilla).
Cuando el cabecero o jefe del grupo lo indicaba , se acercaba
la bota y el botijo al tajo, que habían estado al refresco
de alguna sombra y se echaban un buen trago de vino y a continuación
uno de agua o “trago de pión”, con los dos
chorros a la vez.
Al anochecer se recogían todos los aperos y demás
objetos y se regresaba al pueblo para la cena. Finalizada la
cena se retiraban a descansar y reponer fuerzas para la siguiente
jornada.
La lejanía de algún tajo aconsejaba la permanencia
de los segadores en las grandes casetas que existían
en el campo. En ocasiones, además de los piones, también
se trasladaba la familia entera con abundantes víveres
a estas casetas durante el tiempo que duraba la siega de los
campos allí existentes. El motivo no era otro sino el
de evitar los largos y costosos viajes de algún miembro
de la familia para llevar los alimentos a los segadores. En
otras ocasiones, cuando el tajo estaba más cerca, los
agosteros (jóvenes o mozas) eran los encargados de trasladar
los alimentos al tajo.
Una
vez terminada la costosa siega y atados los costales o gavillas
de cereal, se recogían en cargas (10 haces o costales)
y se comenzaba a acarrear con carros y caballerías a
las eras, donde se confeccionaban las rectas y sólidas
cinas. Todo esto tenía lugar durante el mes de agosto.
La última fase de este proceso era la trilla, la cual
duraba hasta finales de septiembre. En el recuerdo de todos
los mayores están aquellos lentos y pesados trillos arrastrados
por caballerías, así como la espera del viento
cierzo o solano para poder ablentar (separar la paja del cereal,
lanzando al aire la mies trillada con una pala o una horca).
Al anochecer y tras haber acarreado las talegas llenas de cereal
hasta el domicilio, se agotaban los últimos restos de
fuerzas subiendo las pesadas talegas hasta los graneros que
estaban situados en el último piso de la vivienda.
Los cereales como la avena, y centeno eran utilizados para el
alimento de animales; parte del trigo puro era molido para la
fabricación de pan y el resto se vendía al Servicio
Nacional del Trigo en Teruel, proporcionando así unas
ganancias, parte de las cuales se volvían a invertir
en la compra de nuevas semillas y abonos para la próxima
siembra.
EL
VINO
Años
atrás, hoy no, los bancales del Barranco del Molino,
Vallijuelos, Villarejos, Palomares y algunos más estaban
cubiertos de viñas, de donde se obtenía el vino
que consumía durante el año cada familia, vendiéndose
el resto si la cosecha había sido abundante.
La uva se recogía para primeros de noviembre y se trasladaba
a los trules que existían en nuestro propio pueblo. Conocidos
fueron entre otros el trul de Torrevieja, el de los Pichones,
y varios de la Venta.
El proceso de obtención de tan preciado caldo comenzaba
con la colocación de la uva en la parte superior del
trul. Seguidamente se procedía a pisarla con los pies
descalzos o con esparteñas para que cayese el caldo al
trul, el cual disponía de un agujero en el fondo para
su vaciado.
El raspajo (racimos sin uvas) se iba removiendo con horquillas,
se quitaba y se colocaba en la prensa con un recipiente en la
parte inferior para recoger su vino de repensa o vino más
basto y de peor calidad.
Al trul se vertía el orujo (piel de uva) con el fin de
que se mezclara con el vino y le diese la pigmentación
característica del vino tinto. La fermentación
del vino en el trul duraba aproximadamente un mes o poco más,
de manera que para Navidad ya se podía sacar para su
consumo.
El vino de primera calidad obtenido se le denominaba “de
canilla”, y para detener el orujo a su paso por el caño
se colocaba una aliaga en el fondo.
Los agricultores que eran clientes del un trul, por cada diez
arrobas (1arroba=13kg y 200 g) de uva le llevaban seis cántaros
(1cántaro = 11 litros) de vino canilla y uno de repensa.
Agotado todo el vino del trul, se procedía a su limpieza
con escobas, palas y capazos, turnándose los hombres
con el fin de no emborracharse al inhalar los gases provenientes
de la fermentación de los posos.
LA
MIEL
Hasta
el año 1936, eran varios los vecinos de Villalba Baja
que se dedicaban a la apicultura, de la cual obtenían
unos ingresos que complementaban a los de otras actividades.
Las colmenas, de corcho, eran cilíndricas, de un metro
de altas por cincuenta centímetros de diámetro.
Tenían un pequeño agujero en la parte inferior
para la entrada y salida de las abejas y unas púas en
el centro, que desde el exterior se podían presionar
para sujetar los paneles de cera.
Antes de proceder al cortado de la miel de los paneles, se levantaban
éstos con mucho cuidado, acompañándose
de humo que atontaba momentáneamente a las abejas, y
se colocaba otro corcho en la boca de la colmena para que pasara
la reina y su corte al nuevo enjambre.
A la colmena deshabitada se le quitaban las púas exteriores
que sujetaban dos paneles y se cortaban con cortadores para
depositarlos en bidones.
Los paneles obtenidos de las colmenas se prensaban en prensas
especiales situadas en la entrada de las viviendas. Dichas prensas
tenían unos filtros de estera y en la parte inferior
una especie de cilindro agujereado por donde caía a un
barreño la miel limpia y sin cera.
La
cera, una vez prensada, se dejaba secar al sol y en graneros
o terminados; una vez seca se recogía en sacos y se vendía
para la fabricación de velas. La miel era destinada sobre
todo a la zona de Alicante para la elaboración de turrón.
Durante el invierno las colmenas eran trasladadas a climas más
benignos, generalmente valencianos como Los Valles y la zona
de Sagunto; allí permanecían desde noviembre hasta
mayo. Los desplazamientos se realizaban en carro y durante la
noche con el fin de no alterar las abejas. Los distintos colmeneros
de Villalba estaban asociados con el fin de serles más
llevaderas ciertas faenas como el traslado de las colmenas,los
distintos turnos de visita y mantenimiento de las mismas, etc.
Cuando las colmenas retornaban al pueblo, se volvían
a colocar en los lugares de costumbre a fin de captar las mejores
floraciones adecuadas a la estación.
La primera miel que se cortaba era para San Juan (24 de junio),
miel de flor de tomillo y pipirigallo, y si la floración
era abundante se volvía a cortar en el mes de agosto,
miel de la flor del espliego, cardo y ajedrea principalmente.
Se dejaba en casa la miel suficiente de esta segunda floración
para el consumo familiar y el resto se vendía.
Cuando la primera floración era pobre, las colmenas eran
trasladadas a otras localidades turolenses como Villel y Libros.
LAS
COLADAS
Otra
de las costumbres populares de nuestra localidad al igual que
la de muchos pueblos españoles eran las “coladas”
o lavado de la ropa. Se realizaba en dos ocasiones al año:
primavera y otoño.
Generalmente se hacían en las cocinas de las casas o
en las majadas. Primero se lavaba la ropa en gamellas de madera
con jabón que se obtenía con restos de grasa y
sosa cáustica (todavía se fabrica en muchas casas).
Una vez lavada se dejaba preparada para la colada y se extraía
el agua de la gamella con ollas o paños, por no disponer
de orificio de vaciado.
La ropa, una vez lavada, se colocaba en los cocios los cuales
disponían de un agujero en la parte inferior para vaciar
el agua. A la ropa allí colocada, se le añadía
un cernadero (tela recia) con ceniza dentro para que actuase
como desinfectante (hoy su sustituro es la lejía).
A continuación se vertía en el cocio el agua hirviendo
que previamente se había preparado en una caldera. El
agua volvía a caer por el orificio inferior del cocio,
se recogía en barreños y se vaciaba otra vez en
la caldera para volverla a calentar y repetir este proceso varias
veces.
Tras finalizar estas coladas, se sacaba la ropa, se volvía
a lavar en la gamella y se realizaba otra colada, pero esta
vez dejando la ropa en el cocio durante toda la noche. Al día
siguiente se sacaba la ropa del cocio y se colocaba en cestas
para aclararla en el rio. Una vez aclarada se tendía
sobre los arbustos de los alrededores, y con el secado había
terminado esta costosa tarea llamada"la Colada".
BIBLIOGRAFÍA
* "Villalba Baja: Historia, tradición y costumbres" - Timoteo Galindo Guillén y Francisco Julián Garzarán - Martín impresores - Valencia, 1986

e-Mail
©Terueltirwal - 2007 - Prohibida la reproducción total o parcial de esta web sin la autorización expresa del propietario.
Webmaster: Jovicarso - Nules - Castellón
- España