LOS CASTILLOS TUROLENSES

 

 

INTRODUCCIÓN

La imagen del castillo está asociada entre nosotros a la Edad Media y más concretamente al espacio geográfico de la Europa feudal. El castillo, la catedral y el monasterio integran esa espléndida trilogía de monumentos más representativos de la Europa cristiana medieval. Son su máxima manifestación plástica, hasta tal punto que dicha época sería inimaginable sin ellos, pues la vida oficial giraba en torno a ellos, y el pueblo llano los miraba con respeto y, a veces, con temor. Hay que tener en cuenta que no todos los castillos tienen su origen en la Edad Media, pero sí una inmensa mayoría, pues eran la respuesta a un condicionamiento político, social, militar y hasta económico.
Los castillos que aquí se exponen son castillos de la Edad Media, y se prescinde de otros restos de fortificaciones procedentes de la épocas prerromana y romana localizados en tierras turolenses, dado que estos vestigios pertenecientes a la Edad Antigua quedan circunscritos al campo de la Arqueología.
Los castillos fueron algo consustancial con la vida de la Edad Media. Actualmente son muchas las localidades turolenses que conservan restos de los mismos, y en otras todavía se reviven nombres topográficos tales como Castelar, Castel, Castiel, Castro, Torre etc, incluso cerros denominados significativamente del Castillo.
Aun cuando el estado de ruina y abandono de la mayoría de los castillos es lo común, nuestra riqueza castellológica es considerable, siendo numerosas las localidades que todavía conservan algunos restos de su castillo, testimonio viviente de su historia; algunas de ellas resultarían inimaginables sin sus grandiosos y monumentales castillos: Albarracín, Mora de Rubielos, Peracense, Alcañiz, Albalate del Arzobispo, Valderrobres, etc.
Algunos de los castillos turolenses fueron reducidos prácticamente a la nada como consecuencia de las guerras carlistas del siglo XIX, que azotaron esta provincia con mayor intensidad que las de Zaragoza y Huesca. Entre los muchos que quedaron destruidos caben citar los de : Cutanda, Monroyo, La Fresneda, Monreal del Campo, Castellote, Alcalá de la Selva, Cantavieja, Aliaga, etc.
Junto a lo anterior cabe mencionar también que si bien fueron bastantes los castillos cuyos torreones y murallas fueron aprovechados desaprensivamente y con fines urbanos por el ser humano, otros muchos han tenido aprovechamientos diversos o han sido reconstruidos total o parcialmente.

¿POR QUÉ SE CONSTRUYERON LOS CASTILLOS?

La masiva proliferación de los castillos durante la Edad Media en toda Europa respondió a diversas causas: las numerosas guerras, la ausencia de auténticos ejércitos, la precariedad de recursos de los monarcas, la fragmentación del territorio, el poderío y gran número de nobles, etc. Todo ello se tradujo en un sistema de defensa particular, donde cada distrito y hasta cada lugar tenían que organizar la defensa por su cuenta. También las clases privilegiadas se vieron obligadas a levantar sus propios castillos en sus respectivos señoríos jurisdiccionales por razones de prestigio.
En la provincia de Teruel, aun cuando pocos fueron los castillos señoriales erigidos, caben mencionar los de los arzobispos de Zaragoza en Albalate del Arzobispo y Valderrobres, los de los Heredias en Mora de Rubielos y Alcalá de la Selva, los de los duques de Hijar, los de algunas órdenes militares en Alcañiz, Aliaga, Castellote, Montalbán, y pocos más. La mayoría de los castillos turorenses se limitaron a ser una posición defensiva con carácter militar.
Las motivaciones que impulsaron en aquel entonces al levantamiento de los castillos puede decirse que son tres:
- Motivación imperialista: para tener sujeto el territorio conquistado.
- Motivación defensiva: para repeler los ataques del poderoso enemigo.
- Motivación de prestigio y seguridad de las clases privilegiadas: la más genuina de la era feudal europea.
Aun cuando algunas de estas edificaciones fueron residencias nobiliarias, la inmensa mayoría tuvieron una finalidad auténticamente defensiva, y así podríamos distinguir los siguientes tipos de castillos:

Murallas de Albarracín
Castillo de Cedrillas

Castillos tácticos: Localizados sobre alturas, generalmente de pequeñas dimensiones, y de planta irregular condicionada por el terreno. Son ejemplo de ello los de: Valacloche, Monteagudo, Lagueruela, Torralba de los Sisones, Huesa del Común y el Castillo del Cid en el término de Fortanete. Los de menores dimensiones se reducen a una torre, frecuentemente acompañada de un pequeño recinto: Torre del Andador en Albarracín, Báguena, Alcaine, etc.

Fortalezas para la artillería: Durante la época renacentista se adecuaron las fortificaciones para uso del cañón con técnica completamente distinta, basada en casamatas y troneras para alojar piezas de artillería. Esta época coincidió con la unificación de los reinos hispánicos de Castilla y Aragón, por lo que su aplicación tuvo lugar casi exclusivamente en las fronteras y en las costas. A pesar de la situación de Teruel en el interior de la península Ibérica, no deja de sorprender la realización de la torre de la Lombardera, de planta semioctogonal y con troneras en su planta superior. Por el contrario nada se puede mencionar del famoso Fuerte de la ciudad, reconstruido a mediados del siglo XVI como consecuencia de las Alteraciones, y desaparecido desde hace mucho tiempo en lo que hoy es el Paseo del Óvalo.

Fortalezas estratégicas: Construcciones de aguerrido aspecto y gran complejidad, con más de un recinto: Peracense, Ojos Negros, Villel.
Recintos refugio. No resulta ser un tipo definido de castillo. Generalmente estaba edificado dentro de un núcleo habitado cuya misión debió ser el refugio de la población en casos de guerra. Suelen ser una simple cerca no muy robusta y con escasos torreones. Son pocos los que se encuentran bien conservados ya que la mayoría de ellos fueron desapareciendo paulatinamente por obstaculizar el desarrollo urbano (Calamocha, Fuentes Claras) o fueron muy azotados durante las guerras castellano-aragonesas de los siglos XIII al XV. Algunos de los que se encuentran bien conservados son los de Torre de Arcas, Cedrillas, Alba del Campo y Visiedo.

Torres defensa: Fueron bastantes los núcleos de población en los que la defensa y vigilancia se confiaron a una importante torre erigida dentro del caserío o aneja a la muralla, o a corta distancia, pero bien evidenciada por su robustez y dimensiones: Ababuj, La Iglesuela del Cid, La Hoz de la Vieja, Bello, Abejuela y Fuentespalda. En algunos casos, dicha torre fue aprovechada como campanario de la iglesia contigua, con algunas modificaciones: Castel de Cabra, La Mata de los Olmos, Ejulve, Hinojosa de Jarque, Singra, Bádenas, Ferreruela.

Recintos amurallados: Casi todas las ciudades y villas de cierta importancia disponían de su caserío redeado por murallas durante la Edad Media. A pesar de las demoliciones, casi totales, durante los siglos XIX y XX por estimar que obstaculizaban el desarrollo urbano, quedan en la provincia turolense bastantes muestras, destacando entre otras las murallas de Albarracín, de singular prestancia y pintoresquismo. Son abundantes también en las villas serranas del este, cuya iniciativa se debió en muchos casos a las Órdenes Militares: Mirambel, Mosqueruela, Cantavieja, Mora de Rubielos, quedando algunos fragmentos en Beceite, Rubielos de Mora, Valderrobres, Manzanera, La Puebla de Valverde, Montalbán, etc.

Fuertes fusileros del siglo XIX: Las guerras carlistas azotaron el área turolense con mucha más intensidad que al resto de Aragón, y fueron el motor para la reforma de castillos más antiguos, con vestigios aún identificables (Alcañiz, Castellote, Camarillas, Cantavieja) y para la construcción de pequeños puestos fortificados, generalmente sobre cerros aislados: muralla de Fortanete, fuerte en el Parrisal de Beceite, y dos torres en los alrededores de Alcañiz

HISTORIA DE LOS CASTILLOS TUROLENSES

Actualmente pueden contabilizarse poco más de un centenar de castillos en la provincia de Teruel, y añadiendo los desaparecidos de los que se tiene referencia, la totalidad podría estimarse en unos ciento cincuenta, es decir, existía un castillo cada cien kilómetros cuadrados aproximadamente.
El territorio turolense, repartido entre las llamadas Marcas Superior y Media, desempeñó al parecer una función marginal. Nada hace suponer la existencia de grandes ciudades, aparte de Albarracín, donde se instituyó el importante principado de los Benu-Racín. La escasez de acontecimientos históricos, batallas, etc, que pudieron tener lugar en el área turolense durante los siglos musulmanes hace más difícil el estudio de los castillos que pudieron existir, habida cuenta de las dificultades de identificación. Tampoco es excesivamente grande el número de topónimos árabes en la provincia de Teruel. Es en la zona llana y soleada de la Tierra Baja donde se pueden rastrear los principales asentamientos, siendo los mejor estudiados los de la zona del Mas de las Matas. En el extremo opuesto, el suroeste, se han estudiado las torres bereberes de Albarracín (del Andador) y de Tramacastilla. Durante los últimos lustros del siglo XI se desarrollaron en el área turolense las campañas del Cid Campeador en su ruta hacia Valencia, y probablemente daten de entonces el Castillo del Cid (Fortanete), las torres de Alcaine y los vestigios de Torre los Negros y el Poyo del Cid.
La reconquista del territorio rutolense se inició con las irrupciones de Alfonso I el Batallador durante la tercera década del siglo XII, consignándose ya entonces los castillos de Singra, Cutanda y Monreal del Campo, con máximas avanzadas en los de Alcalá de la Selva y Aliaga, perdidos tras su muerte. A mediados del siglo XII se construyeron los castillos de Moyuela, Monforte, Albalate del Arzobispo, Huesa del Común, Alcañiz (1157), Hijar, Segura de Baños, Castellote, y poco después se reconquistó el de Montalbán. En 1170 fue conquistado y repoblado Teruel, y por entonces Albarracín se erigía en un señorío cristiano independiente, regido por los Azagras. Durante el resto del siglo se reconquistaron las zonas serranas del suroeste, al parecer sin grandes escaramuzas.

Pasión de Cristo ( Castillo de Alcañiz)
La  Rueda de la Fortuna (Castillo de Alcañiz)

A lo largo de la segunda mitad del siglo XII se afianzó en la parte oriental turolense el dominio de las Órdenes Militares, grandes constructoras de castillos en Tierra Santa y en toda la Europa occidental. En 1163 se isntituía la encomienda de la Orden de San Juan del Hospital en el castillo de Aliaga. La Orden de Calatrava señoreó prácticamente la Tierra Baja en torno a su castillo-convento de Alcañiz (1179), contando entre otros con los castillos de La Fresneda, Monroyo, Fórnoles, Calanda, Ejulve, Ráfeles, etc. Efímero fue el paso de la Orden del Santo Redentor o del Monte Gaudio asentada desde 1174 y 1188 en la ciudad de Teruel y en los importantes castillos de Camañas, Castellote, Alfambra, Villel y Cantavieja.
En 1196 la Orden del Redentor quedó incorporada a la poderosa Orden del Temple, la cual estableció en sus lugares y castillos las principales encomiendas, que perduraron hasta la supresión de la Orden por el Papa a comienzos del siglo XIV. Las villas fortificadas de Cantavieja, La Iglesuela del Cid y Mirambel proceden de dicha época templaria. La Orden de San Juan del Hospital recibió todas las encomiendas y castillos de los templarios, por lo que su poderío fue enorme en un extenso y compacto territorio en los distritos serranos del centro y este turolense. Menor y más tardío fue el señorío de la Orden de Santiago que en 1210 recibió el castillo de Montalbán junto con unas pequeñas aldeas de su entorno. La Mitra episcopal de Zaragoza también colaboró en la construcción de castillos, erigidos en sus señoríos jurisdiccionales ya desde los siglos XII y XIII: Valderrobres, Mazaleón, Albalate del Arzobispo, Jorcas, Linares de Mora, Cutanda y Puertomingalvo.
Tras la conquista del reino de Valencia por Jaime I (1238), se alejó definitivamente el peligro islámico de las tierras turolenses. Bastantes castillos perdieron su razón de existir, pero faltaban todavía más de dos siglos para la unidad hispánica. El área occidental turolense ofrecía una larga frontera con el reino de Castilla-León, y no faltaron guerras desde finales del siglo XIII, particularmente sangrientas en el XIV durante las guerras de Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón. Numerosos pueblos de la mitad occidental turolense tuvieron que fortificarse con un castillo-refugio, construido generalmente aprisa y exento de arte, el cual estaba muchas veces a cargo de los propios vecinos. Importantes castillos de esta época son los de: Cedrillas, Ojos Negros, Valacloche, Alba del Campo, Burbáguena, Torre de Arcas, Godos, Camarillas, Báguena, Monteagudo, Torralba de los Sisones, Torrecilla del Rebollar y Camañas, destacando considerablemente por su grandiosidad y enriscado emplazamiento el de Peracense. Otra consecuencia de las guerras castellano-aragonesas fue la fortificación integral de Albarracín, el conjunto más interesante de toda la provincia, así como las murallas de Teruel y otras de importantes villas como: Manzanera, Sarrión, La Puebla de Valverde, Mosqueruela y Rubielos de Mora.

Patio del castillo de Mora de Rubielos
Caballerizas del castillo de Mora de Rubielos

La mayoría de los pueblos de la mitad occidental del área turolense se agrupaban en Comunidades de aldeas, correspondiendo íntegramente a esta provincia los territorios de las comunidades de Teruel y de Albarracín (ésta, tras su anexión formal del Señorío a la Corona en el siglo XIV), en tanto que otra gran parte se incluía en la Comunidad de Daroca. Y no sólo se limitó la fortificación a estos castillos-refugio; no faltaron expléndidas torres fortificadas anexas a la iglesia parroquial, todavía reconocibles en Hinojosa de Jarque, Blancas, Castel de Cabra, Cucalón, Calamocha, Singra, Ferreruela y Fuentes Claras. Más independientes son las torres fuertes de Ababuj, Ródenas, La Hoz de la Vieja, Abejuela y, ligada al recinto de la villa, la de Bello.
Los últimos castillos medievales que se construyeron en la provincia de Teruel fueron a iniciativa señorial, no muy arraigada en la provincia ya que los señoríos turolenses en manos de la nobleza fueron relativamente escasos. Pero aunque fueron pocos son de extraordinaria importancia artística, destacando entre ellos los de la Mitra de Zaragoza en Albalate del Arzobispo y Valderrobres, y los de los Fernández Heredia en Mora de Rubielos y Alcalá de la Selva, así como otros menores como el de Santa Croche y algunos más que actualmente se hallan en ruinas ( Hijar, Manzanera, Pradas).
Durante los siglos de la Edad Moderna, poco influyeron los acontecimientos históricos con los castillos turolenses dado el alejamiento de costas y fronteras. Los primeros años del siglo XVI coincidieron con la unión de los reinos hispánicos, con el autoritarismo de los monarcas y con la adecuación de las fortificaciones al uso extensivo del cañón. La constucción de fortalezas con finalidad estrictamente militar fue competencia exclusiva de los monarcas renacentistas, además de las que levantaron en costas y fronteras.
Hoy nada queda del famoso Fuerte de Teruel, reconstruido a partir de 1572 por orden de Felipe II, el cual, disgustado con los vecinos de la ciudad envió un ejército el cual vino a ser un anticipo de las célebres Alteraciones de Aragón. Llegados al siglo XIX, la guerra de la Independencia y las dos guerras carlistas, incidieron en la adecuación de algunos castillos turolenses, si bien fueron aún mayores las destrucciones y ruinas de castillos que provocaron.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA:
" Los castillos turolenses "
Autor: Cristóbal Guitart Aparicio
Instituto de Estudios Turolenses - Teruel, 1999

 

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