EL CARLISMO TUROLENSE

 

 

INTRODUCCIÓN

 

El carlismo ha llegado a convertirse para la provincia de Teruel en uno de sus principales referentes históricos. De hecho, en pocas oportunidades como durante las guerras carlistas el nombre de estas tierras estuvo tan presente en las páginas de los periódicos nacionales e internacionales, en las conversaciones de los ministerios o en los gabinetes de asuntos exteriores de las principales potencias europeas.

Grabado de la ciudad de Teruel. - Pedro Pruneda -

Sin embargo, la experiencia histórica del carlismo turolense se circunscribe exclusivamente al siglo XIX. No traspasó, como en Navarra, el País Vasco o , incluso, Cataluña, el umbral de la centuria y, por lo tanto, ya no tuvo un peso importante en la insurrección de julio de 1936. De este modo, los acontecimientos ligados a las guerras civiles carlistas poseen una estricta temporalidad, desde 1833 hasta 1875, que los define como conflictos armados propiamente decimonónicos vinculados a la construcción del Estado Liberal en España.

 

REVOLUCIÓN Y CONTRARREVOLUCIÓN

La causa profunda de este enfrentamiento debe situarse en la oleada de cambios que afectaron a los estados de toda Europa tras la Revolución Francesa. En España estos cambios llegaron por dos vías, una exterior y otra interior. La exterior fueron los ejércitos de Napoleón Bonaparte y la monarquía de su hermano José. La interior fue la obra de los liberales realizada en las Cortes de Cádiz y que dio origen a un producto acabado y maduro que fue la Constitución de 1812, la cual marca el comienzo de la contemporaneidad española.
Fernando VII Los franceses fueron derrotados en 1814 y abandonaron el país, pero los liberales y la Constitución permanecieron y, aunque perseguidos y censurados por Fernando VII, mantuvieron viva la voluntad de transformar el país siguiendo la vía señalada por la revolución. Así es como, en 1820, cuando las dificultades de la monarquía absoluta para salir del bache de la guerra de la Independencia eran manifiestas, ambas referencias – liberalismo y Constitución de 1812 – se convirtieron en un proyecto alternativo y disponible para un sector de la sociedad cada vez más pujante: la burguesía. El régimen liberal apenas se mantuvo un trienio, entre 1820 y 1823, antes de que la reacción absolutista, ayudada por una invasión francesa, los Cien Mil Hijos de San Luis, consiguiera derribar el orden constitucional.
Tendrá que morir Fernando VII (1833) para que nuevamente el liberalismo se aproxime a las inmediaciones del poder. Primero tímidamente mediante el Estatuto Real y, más tarde, desde 1836, abiertamente bajo un marco constitucional. A partir de entonces se inició la fase de desarrollo del sistema liberal en España, que se realizó siguiendo un patrón moderado.
En 1868, cuando este proyecto se mostró agotado, una nueva crisis afectó al país. Fue el momento para llevar a cabo una relectura del proyecto liberal, en este caso en sentido democrático, y hacerlo al margen de la monarquía borbónica que había sido nexo de continuidad entre el Antiguo Régimen y el periodo constitucional.
Estos tres momentos – El Trienio Liberal, La Década de los 30 y La revolución de 1868 – fueron hitos en el camino hacia la edificación del sistema liberal en España. Pero también lo fueron de las resistencias de distintos sectores de la sociedad a perder la posición de preeminencia que disfrutaban en el Antiguo Régimen. Ésta es la esencia de las guerras civiles del siglo XIX, cuya máxima expresión fueron las guerras carlistas; pero ésto no lo explica todo, por eso es necesario conocer el desarrollo concreto que estos conflictos tuvieron en puntos claves del enfrentamiento como la provincia de Teruel.

LOS REALISTAS DEL TRIENIO

En el Trienio Liberal el proyecto político de Estado contenido en la Constitución de 1812 pudo ser llevado a la práctica en tiempo de paz. Ayuntamientos electos, cámaras representativas, impuestos para todos, limitados poderes del rey, desamortización de los bienes eclesiásticos, libertad de imprenta, milicia nacional, etc, fueron un conjunto de cambios que aspiraban a transformar política, económica y socialmente al país. Era el comienzo del fin del tiempo de los privilegios que representaba la monarquía absoluta. Pero los principales afectados por estos cambios – el rey, el clero, una parte de la nobleza y las oligarquías locales -, que detentaban el poder hasta ese momento, no iban a permitir que se les fuera de las manos fácilmente.
Inicialmente actuaron mediante una estrategia conspirativa, desde arriba, tratando de hacerse con los principales focos de poder, es decir, las ciudades. En esta primera fase destaca el caso del levantamiento de Alcañiz, el primero de Aragón fuera de la capital. Se produjo en medio del contexto viciado por la epidemia de fiebre amarilla detectada en Cataluña y que había afectado económicamente al Bajo Aragón por haberse situado allí la barrera de contención que interrumpía casi por completo los intercambios. El domingo 14 de octubre de 1821 la milicia voluntaria fue atacada en la plaza de la ciudad. Tras esto se apoderó de las calles una multitud que se dirigió a las casas de los principales liberales saqueándolas en busca de pruebas de una supuesta conspiración. Las alteraciones, consentidas por el Ayuntamiento, sólo finalizaron con la llegada de una fuerza del ejército procedente de Zaragoza.

Acción en Calanda (Teruel)
Ataque carlista al frente de Beceite (Teruel)
Lucha en Mosqueruela (Teruel)

Sin embargo, estas sublevaciones que afectaron también a Caspe, Calatayud y Huesca, no consiguieron nada definitivo, y la lucha anticonstitucional emprendió una nueva fase: las partidas. El momento cumbre de esta etapa de la estrategia insurreccional fue la sublevación de la Guardia Real el 7 de julio de 1822. El clima social se había calentado desde la primavera, que se formaron las primeras partidas absolutistas, pero el momento cumbre se alcanzó en julio. Levantamientos organizados por todo el territorio de la monarquía debían acabar con el régimen, pero los planes no se vieron secundados por el éxito sino todo lo contrario: desbaratado el levantamiento, numerosos grupos de hombres armados y comprometidos con la insurrección mantuvieron activa su rebeldía, pero buscaron espacios propicios donde hacerlo y por eso se alejaron de las ciudades. En el Bajo Aragón se consolidó la partida de Joaquín Capapé, el Royo de Alcañiz, que fue el máximo dirigente absolutista durante el Trienio en Aragón. A él se deben los principales hechos de armas de la provincia de Teruel, como fueron: la entrada en Calanda el 16 de agosto, en Beceite el 13 de septiembre, en Alcañiz el 9 de octubre, en Montalbán el 20 de octubre y el asalto frustrado a Teruel capital el 25 de octubre. Los puertos de Beceite y Mequinenza, tras la conquista de los realistas, fueron los puntos de apoyo en los que fundamentó sus actividades sobre toda la provincia de Teruel. Otros cabecillas como Rambla, Chambó, Bessières, León o Montagut complementaron su actividad en esta zona, siendo muchos los lugares – entre ellos Albarracín , Aliaga, Alfambra o Perales – donde dejaron notar su presencia las partidas realistas.
A pesar de la amplitud de sus actividades, los realistas nunca consiguieron comprometer la pervivencia del régimen. Por eso, las gestiones de los sectores contrarrevolucionarios se dirigieron a recabar la ayuda de las principales potencias que en Europa habían derrotado a Bonaparte y organizado la Restauración. Fueron las armas de Francia, al mando del duque de Angulema, las que a lo largo del mes de abril en Aragón, y antes de que finalizara el año en toda España, aplastaron el régimen constitucional y repusieron a Fernando VII como rey absoluto.

LA PRIMERA GUERRA CARLISTA

En los años finales del reinado de Fernando VII los sectores ultras apostaron por el hermano del rey, el infante don Carlos, como el hombre capaz de mantener sus prerrogativas y aun de proporcionarles otras nuevas a la muerte de aquél. De hecho, el propio monarca, consciente de esta realidad, realizó una serie de gestiones legales dirigidas a frustrar estos planes y que la heredera del trono fuera su hija, la futura Isabel II. Para ello debió buscar apoyo en sectores que hasta hacía poco tiempo no había dudado en perseguir, en los liberales más moderados, permitiendo así una nueva aproximación del liberalismo a la política. Por ello, el fallecimiento de Fernando VII operó como un disparo de salida hacia la guerra civil para los defensores del proyecto absolutista que representaba don Carlos – los “carlistas” - , conscientes de que habían perdido toda la posibilidad de acceder pacíficamente al poder.

Fuerte de Cantavieja (Teruel)
Manuel Carnicer
Castillo de Aliaga (Teruel)

Los levantamientos carlistas de 1833 salpicaron toda la Península, pero apenas se consolidaron en unos pocos lugares. Uno de estos focos fue el este y sur de la provincia de Teruel, tan sólo superado en importancia por el País Vasco, donde instaló su corte don Carlos. Aquí, un antiguo oficial del Royo, también de Alcañiz como él, había reunido a un grupo de compañeros de armas realistas y, valiéndose de su experiencia anterior y del conocimiento de la zona, había conseguido consolidar una partida que se mantuvo cuando las demás se extinguían. Se trataba de Manuel Carnicer quien, apoyándose en el refugio que le proporcionaba la escarpada orografía de los Puertos de Beceite, sostuvo su lucha contra el gobierno de manera itinerante dando golpes aquí y allá en función de las circunstancias. Con él colaboraron otros bajoaragoneses como Joaquín Quílez, que había sido teniente coronel con los realistas, o Enrique Montañés, de Mazaleón, que había llegado al grado de capitán, además de otros como Joaquín Bosque, de Calanda, o Vicente Herrero, el Organista, de Villafranca del Cid.
Durante la primera fase de la guerra, tras fracasar en la conquista del poder mediante la sublevación de las ciudades, los carlistas turolenses no aspiraron al control territorial. Ello hubiera supuesto disponer de una fuerza que no tenían, incluso un compromiso con los combatientes, que deberían permanecer en activo todo el año y no como hasta el momento, pues el conflicto había llevado el ritmo inverso a los trabajos en el campo, es decir, la insurrección se acrecentaba cuando la demanda de mano de obra para las tareas agrarias disminuía.

RAMÓN CABRERA Y EL CARLISMO EN EL MAESTRAZGO

Nuestro protagonista nació en Tortosa el 27 de diciembre de 1806, destacando muy pronto por sus dotes militares. Desde Morella y Cantavieja consiguió dominar una gran parte de España, siendo esta última localidad su residencia habitual y cuartel general, dada su privilegiada posición y amurallamiento para acometer desde allí la conquista de Morella.
Ramón Cabrera . "El Tigre del Maestrazgo"En abril de 1835 fue nombrado jefe de las fuerzas carlistas de Aragón y Valencia (Maestrazgo, Puertos, Bajo Ebro, Matarraña y Bajo Aragón) por Carlos V, dando así un gran impulso a la guerra y muy especialmente por su extraordinaria movilidad.
Como represalia por la muerte de los alcaldes turolenses de las localidades de Valdealgorfa y Torrecilla, el general Nogueras fusiló a la madre de Cabrera, Ana María Griñó, el 16 de febrero de 1836 en la Suda de Tortosa, hecho que tuvo gran repercusión en Europa y que contribuyó todavía más a endurecer la guerra en el Maestrazgo.
En octubre de 1838 fue nombrado teniente general y conde de Morella tras su victoria en Maella. Rápidamente organizó un pequeño estado con capital en Morella, centro de la actividad carlista con servicios en Cantavieja, Mirambel y Beceite.
En 1839, rechazó el convenio de paz de Vergara y se retiró con su ejército al norte de Cataluña, pasando a Francia en julio de 1840, donde vivió hasta la segunda guerra carlista o guerra de los "matiners". Nada más iniciarse fue designado por Carlos VI jefe supremo de las fuerzas carlistas en Aragón, Cataluña, Valencia y Murcia.
Llegado el año 1848 entró en Cataluña para organizar a un ejército de 9.000 hombres, teniendo que regresar a Francia poco después debido a que la guerra no enraizó y las fuerzas gubernamentales eran superiores.
En 1850 se casó con una dama de la alta sociedad inglesa y comenzó a alejarse de los centros exiliados carlistas, lo que fue acercándole con el tiempo a ideas más moderadas y constitucionalistas. De esta forma el "Tigre del Maestrazgo" acabó convirtiéndose en el gran burgués de Wentworth.
Poco tiempo después Carlos VII le ofreció la jefatura militar del tercer levantamiento carlista, pero Cabrera lo rechazó negándose a participar en otra guerra civil.
Fue en 1875 cuando reconoció como rey legítimo a Alfonso XIII que le nombró capitán general del Ejército, validándole todos sus honores y títulos.
Finalmente retirado ya de toda actividad política fijó su residencia en Inglaterra, hasta su muerte el 24 de mayo de 1877, pero su leyenda, magnificada por la imaginación popular, aún se mantiene viva en numerosas localidad del Maestrazgo. De hecho, se ha convertido en una figura real en la que se mezcla la historia y la leyenda, adjudicándole hechos y andanzas por muchos rincones del Maestrazgo turolense y castellonense, así como el sobrenombre de “El Tigre del Maestrazgo.

Alegorías de Justicia y Paz  en la cabecera del  Boletín del Real Ejército del Reino de Aragón
La maestranza de artillería de Cantavieja (Teruel)
Escudo de la Junta Superior Gubernativa de Aragón, Valencia y Murcia

Ha sido la Historia la que nos ha legado la imagen de este militar como la figura insigne del Carlismo, fiel a sus ideales, ambicioso y tan sangriento en la batalla que llegó a tener en jaque al ejército liberal.
Para dar la vuelta a la situación creada durante la primera guerra carlista, tuvieron que producirse algunos cambios importantes los cuales se desarrollaron en 1835. El primero de ellos fue la muerte, como consecuencia de una delación, de Manuel Carnicer, cerrando así con su jefatura esta primera etapa. El segundo fue la llegada al poder de un hombre poco habitual en aquella guerra de campesinos: Ramón Cabrera, un joven ex seminarista de Tortosa que había realizado un rápido aprendizaje en las tácticas de la guerra y se había granjeado la confianza de los principales oficiales. Ahora, valiéndose de lo aprendido y de su voluntad de hacerse con el poder en el foco carlista del Maestrazgo iba a tomar las riendas de la guerra en Aragón y Valencia, llevando la fuerza del carlismo hasta sus máximas cotas.
Con la llegada de Cabrera a la jefatura de las fuerzas carlistas del Maestrazgo la guerra comienza a cambiar de aspecto. Tras una fase de reorganización y afianzamiento de su liderazgo, Cabrera va a dar en 1836 un vuelco a la situación. Para ello abandonará la táctica itinerante que suponían las partidas y, confiando en sus propias fuerzas, pasará a una fase de control territorial. La pieza clave será la villa de Cantavieja, enclavada en el corazón del Maestrazgo que, tras la conveniente fortificación se convertirá en la capital del carlismo. En ella establecerá los almacenes de víveres y municiones, una maestranza de artillería y una fundición, talleres de fabricación de pólvora y balas… y todo lo necesario para continuar la guerra. También es allí donde saldrá de la imprenta un periódico, el Boletín del Real Ejército del Reino de Aragón. Estos cambios fueron acompañados de un profundo proceso de reorganización del ejército, que realizó de manera cada vez más sistemática los abastecimientos de provisiones y las quintas de mozos en el territorio sobre el que actuaban. Además, Cabrera se ayudó de un órgano asesor, la Junta Auxiliar Gubernativa, en la que delegó algunas funciones.
A partir de este momento se inicia una fase de ascenso en el poder e influencia desplegados por Cabrera con eje en Cantavieja y de radio cada vez más amplio hacia Aragón y Valencia. Sólo las operaciones del general San Miguel, a finales de 1836, significaron una breve interrupción de esta trayectoria ascendente que llegará hasta el invierno de 1839.
Entretanto, las demostraciones de la solidez con que actuaban los carlistas en el Maestrazgo fueron numerosas. Una de ellas se produjo en 1837, cuando llegó la Expedición Real procedente del País Vasco y con el propio Carlos V a la cabeza, que pudo descansar y aprovisionarse largamente en el Maestrazgo por vez primera desde que abandonara sus bases en el norte.
En febrero de 1838 fue tomada Morella, otra de las ciudades emblemáticas del carlismo junto a Cantavieja y Mirambel, donde se trasladaron muchas de las funciones de administración. Y cuando el general Oraa preparó el asedio de esta nueva capital fracasó estrepitosamente, por lo que tuvo que retirarse con sus hombres sin haber conseguido su objetivo.
Realmente el control territorial del carlismo alcanzaba a casi toda la provincia de Teruel, a excepción de la capital y Alcañiz, y se extendía más allá llegando por el norte hacia el Ebro y por el sur a la Plana de Castellón, alcanzando en algunos puntos hasta la costa. Además, el número de poblaciones fortificadas crecía, y muchas más eran las que poseían autoridades carlistas que no obedecían al gobierno de Madrid. Sin embargo, esto no indica que Cabrera fuera capaz de provocar el hundimiento de la monarquía, era sólo uno de los frentes que tenía abiertos. Así pudo comprobarse a partir del otoño de 1839, cuando la guerra en el norte había ya finalizado con el Convenio de Vergara. Entonces los recursos dedicados por el gobierno liberal pudieron concentrarse sobre el frente del Maestrazgo, comenzando la cuenta atrás del poder de Cabrera.
Espartero desde el Bajo Aragón y O´Donnell desde Teruel emplearon el invierno para organizar sus tropas y estrechar el cerco sobre el territorio carlista. En cuanto la climatología lo permitió comenzó el avance y las principales fortalezas rebeldes fueron cayendo una tras otra ( Segura, Castellote, Aliaga, Cantavieja y Morella), ofreciendo cada vez menos resistencia. Cabrera abandonó el Maestrazgo enfermo y sin haber podido dirigir las operaciones en la fase final. Ya nunca volvería a las tierras donde se forjó el mito.

LA SEGUNDA GUERRA CARLISTA

Concluida la guerra, la agitación en el interior de la provincia de Teruel nunca desapareció del todo, siendo bastante frecuentes las noticias de partidas difícilmente clasificables por su mezcla de elementos políticos y delictivos. Esta actividad subió de tono durante la Guerra de los Matiners (1846-1849), pero el hecho de que Cabrera nunca consiguiera atravesar el Ebro para reencontrarse con los escenarios y las gentes de la primera guerra, redujo el impacto de esta nueva oleada insurreccional carlista en el Maestrazgo.
Había que esperar a la última de las guerras carlistas (1872-1875) para que nuevamente la provincia de Teruel fuese considerada como uno de los focos principales del carlismo. Desde la revolución de 1868, que derribó a la dinastía borbónica del trono español, la presencia de partidas carlistas se había incrementado algo, manifestando una agitación poco habitual, pero no fue hasta la primavera de 1872 cuando, de acuerdo con directrices emanadas de la dirección del partido, se produjo un verdadero levantamiento. Muy pronto los nombres de los principales jefes carlistas comenzaron a sonar, haciéndose muy conocidos los de Manuel Marco y Rodrigo, más identificable como Marco de Bello, Pascual Cucala y Pascual Gamundi.

Pascual Cucala
Pascual Gamundi
Manuel Marco

Pero el momento culminante de esta guerra se vivió al año siguiente, en 1873, con la toma de Cantavieja, que supuso de nuevo el paso a una estrategia de control territorial. La población fue nuevamente fortificada y convertida en capital carlista. Allí Marco de Bello organizó su centro de operaciones y puso en funcionamiento un colegio de cadetes. Desde este punto los carlistas consiguieron el control de todo el territorio de la provincia de Teruel que mediaba entre la capital, Alcañiz y Morella, únicos baluartes que el gobierno podía afirmar con propiedad que estaban en su poder. Especial importancia tuvieron los asaltos carlistas que sufrió la ciudad de Teruel en el verano de 1874 a cargo de Manuel Marco y el infante don Alfonso. A este respecto merece la pena citar las palabras textuales de Manuel Marco: “ Si para tomar Teruel es necesario quemar toda la ciudad, yo lo haré; pero hacer daño no sólo sin que resulte beneficio, sino en perjuicio nuestro, sería un acto de necedad y vandalismo y […], yo he tomado las armas como católico, español, carlista y amante de mi patria”

Toma de Cantavieja a los carlistas por el general San Miguel
Resistencia de Teruel a los ataques carlistas de 1843 (Grabado de Salvador Gisbert 1891-1901)

El propio Marco de Bello, tras ser rechazado en una capital que durante todo el siglo XIX manifestó una inequívoca adhesión al liberalismo, fue destituido del mando de las fuerzas carlistas de Aragón.
En la fase final del conflicto llegó otro de los hombres míticos del carlismo decimonónico, Antonio Dorregaray, con el encargo de tomar el mando y acallar la disidencia que crecía entre las filas rebeldes. Pero su función no pudo impedir la retirada de las tropas hacia el norte y la capitulación de Cantavieja en julio de 1875, tras un asedio de siete días que resistió el bombardeo de alrededor de 3000 proyectiles.

FIN DEL CARLISMO

El carlismo se mantuvo presente en la vida cotidiana de la población turolense durante casi 50 años. Es más, si lo sumamos a la Guerra de Independencia y a la sublevación de los realistas durante el Trienio Liberal, puede afirmarse que pasaron tres cuartas partes del siglo embarcados en continuas guerras contrarrevolucionarias. Un largo conflicto que había hallado la forma para sostenerse en el tiempo pero, a la vez, el tiempo también había cambiado al propio carlismo. De hecho, con la derrota en 1876 se guardarán las armas y tomará primacía la política como vía de alcanzar sus objetivos. Los carlistas ya no lo serán por integrar una partida insurreccional contra el gobierno, sino por ser miembros de un partido político que concurre a las elecciones y posee diputados, agrupaciones locales y órganos de prensa. Y esta lucha ya no se lleva a cabo en el medio rural sino en las ciudades, que es el terreno donde juega la nueva política de masas. Por eso, a finales del siglo XIX la provincia de Teruel desapareció de la primera línea del carlismo para ocupar tan sólo un espacio en la memoria. E incluso ésta se fue debilitando desde entonces en las propias tierras que habían tenido tanto protagonismo.

 

 

BIBLIOGRAFÍA:
"El Carlismo"
Autor: Pedro Rújula López
Instituto de Estudios Turolenses - Teruel, 2002

 

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