El carlismo ha llegado a convertirse para la provincia de Teruel
en uno de sus principales referentes históricos. De hecho,
en pocas oportunidades como durante las guerras carlistas el
nombre de estas tierras estuvo tan presente en las páginas
de los periódicos nacionales e internacionales, en las
conversaciones de los ministerios o en los gabinetes de asuntos
exteriores de las principales potencias europeas.
Sin
embargo, la experiencia histórica del carlismo turolense
se circunscribe exclusivamente al siglo XIX. No traspasó,
como en Navarra, el País Vasco o , incluso, Cataluña,
el umbral de la centuria y, por lo tanto, ya no tuvo un peso
importante en la insurrección de julio de 1936. De este
modo, los acontecimientos ligados a las guerras civiles carlistas
poseen una estricta temporalidad, desde 1833 hasta 1875, que
los define como conflictos armados propiamente decimonónicos
vinculados a la construcción del Estado Liberal en España.
REVOLUCIÓN Y CONTRARREVOLUCIÓN
La causa profunda de este enfrentamiento debe situarse en
la oleada de cambios que afectaron a los estados de toda Europa
tras la Revolución Francesa. En España estos
cambios llegaron por dos vías, una exterior y otra
interior. La exterior fueron los ejércitos de Napoleón
Bonaparte y la monarquía de su hermano José.
La interior fue la obra de los liberales realizada en las
Cortes de Cádiz y que dio origen a un producto acabado
y maduro que fue la Constitución de 1812, la cual marca
el comienzo de la contemporaneidad española.
Los franceses fueron derrotados en 1814 y abandonaron el país,
pero los liberales y la Constitución permanecieron
y, aunque perseguidos y censurados por Fernando VII, mantuvieron
viva la voluntad de transformar el país siguiendo la
vía señalada por la revolución. Así
es como, en 1820, cuando las dificultades de la monarquía
absoluta para salir del bache de la guerra de la Independencia
eran manifiestas, ambas referencias – liberalismo y
Constitución de 1812 – se convirtieron en un
proyecto alternativo y disponible para un sector de la sociedad
cada vez más pujante: la burguesía. El régimen
liberal apenas se mantuvo un trienio, entre 1820 y 1823, antes
de que la reacción absolutista, ayudada por una invasión
francesa, los Cien Mil Hijos de San Luis, consiguiera derribar
el orden constitucional.
Tendrá que morir Fernando VII (1833) para que nuevamente
el liberalismo se aproxime a las inmediaciones del poder.
Primero tímidamente mediante el Estatuto Real y, más
tarde, desde 1836, abiertamente bajo un marco constitucional.
A partir de entonces se inició la fase de desarrollo
del sistema liberal en España, que se realizó
siguiendo un patrón moderado.
En 1868, cuando este proyecto se mostró agotado, una
nueva crisis afectó al país. Fue el momento
para llevar a cabo una relectura del proyecto liberal, en
este caso en sentido democrático, y hacerlo al margen
de la monarquía borbónica que había sido
nexo de continuidad entre el Antiguo Régimen y el periodo
constitucional.
Estos tres momentos – El Trienio Liberal, La Década
de los 30 y La revolución de 1868 – fueron hitos
en el camino hacia la edificación del sistema liberal
en España. Pero también lo fueron de las resistencias
de distintos sectores de la sociedad a perder la posición
de preeminencia que disfrutaban en el Antiguo Régimen.
Ésta es la esencia de las guerras civiles del siglo
XIX, cuya máxima expresión fueron las guerras
carlistas; pero ésto no lo explica todo, por eso es
necesario conocer el desarrollo concreto que estos conflictos
tuvieron en puntos claves del enfrentamiento como la provincia
de Teruel.
LOS
REALISTAS DEL TRIENIO
En
el Trienio Liberal el proyecto político de Estado contenido
en la Constitución de 1812 pudo ser llevado a la práctica
en tiempo de paz. Ayuntamientos electos, cámaras representativas,
impuestos para todos, limitados poderes del rey, desamortización
de los bienes eclesiásticos, libertad de imprenta,
milicia nacional, etc, fueron un conjunto de cambios que aspiraban
a transformar política, económica y socialmente
al país. Era el comienzo del fin del tiempo de los
privilegios que representaba la monarquía absoluta.
Pero los principales afectados por estos cambios – el
rey, el clero, una parte de la nobleza y las oligarquías
locales -, que detentaban el poder hasta ese momento, no iban
a permitir que se les fuera de las manos fácilmente.
Inicialmente actuaron mediante una estrategia conspirativa,
desde arriba, tratando de hacerse con los principales focos
de poder, es decir, las ciudades. En esta primera fase destaca
el caso del levantamiento de Alcañiz, el primero de
Aragón fuera de la capital. Se produjo en medio del
contexto viciado por la epidemia de fiebre amarilla detectada
en Cataluña y que había afectado económicamente
al Bajo Aragón por haberse situado allí la barrera
de contención que interrumpía casi por completo
los intercambios. El domingo 14 de octubre de 1821 la milicia
voluntaria fue atacada en la plaza de la ciudad. Tras esto
se apoderó de las calles una multitud que se dirigió
a las casas de los principales liberales saqueándolas
en busca de pruebas de una supuesta conspiración. Las
alteraciones, consentidas por el Ayuntamiento, sólo
finalizaron con la llegada de una fuerza del ejército
procedente de Zaragoza.
Sin embargo, estas sublevaciones que afectaron también
a Caspe, Calatayud y Huesca, no consiguieron nada definitivo,
y la lucha anticonstitucional emprendió una nueva fase:
las partidas. El momento cumbre de esta etapa de la estrategia
insurreccional fue la sublevación de la Guardia Real
el 7 de julio de 1822. El clima social se había calentado
desde la primavera, que se formaron las primeras partidas
absolutistas, pero el momento cumbre se alcanzó en
julio. Levantamientos organizados por todo el territorio de
la monarquía debían acabar con el régimen,
pero los planes no se vieron secundados por el éxito
sino todo lo contrario: desbaratado el levantamiento, numerosos
grupos de hombres armados y comprometidos con la insurrección
mantuvieron activa su rebeldía, pero buscaron espacios
propicios donde hacerlo y por eso se alejaron de las ciudades.
En el Bajo Aragón se consolidó la partida de
Joaquín Capapé, el Royo de Alcañiz, que
fue el máximo dirigente absolutista durante el Trienio
en Aragón. A él se deben los principales hechos
de armas de la provincia de Teruel, como fueron: la entrada
en Calanda el 16 de agosto, en Beceite el 13 de septiembre,
en Alcañiz el 9 de octubre, en Montalbán el
20 de octubre y el asalto frustrado a Teruel capital el 25
de octubre. Los puertos de Beceite y Mequinenza, tras la conquista
de los realistas, fueron los puntos de apoyo en los que fundamentó
sus actividades sobre toda la provincia de Teruel. Otros cabecillas
como Rambla, Chambó, Bessières, León
o Montagut complementaron su actividad en esta zona, siendo
muchos los lugares – entre ellos Albarracín ,
Aliaga, Alfambra o Perales – donde dejaron notar su
presencia las partidas realistas.
A pesar de la amplitud de sus actividades, los realistas nunca
consiguieron comprometer la pervivencia del régimen.
Por eso, las gestiones de los sectores contrarrevolucionarios
se dirigieron a recabar la ayuda de las principales potencias
que en Europa habían derrotado a Bonaparte y organizado
la Restauración. Fueron las armas de Francia, al mando
del duque de Angulema, las que a lo largo del mes de abril
en Aragón, y antes de que finalizara el año
en toda España, aplastaron el régimen constitucional
y repusieron a Fernando VII como rey absoluto.
LA
PRIMERA GUERRA CARLISTA
En
los años finales del reinado de Fernando VII los sectores
ultras apostaron por el hermano del rey, el infante don Carlos,
como el hombre capaz de mantener sus prerrogativas y aun de
proporcionarles otras nuevas a la muerte de aquél.
De hecho, el propio monarca, consciente de esta realidad,
realizó una serie de gestiones legales dirigidas a
frustrar estos planes y que la heredera del trono fuera su
hija, la futura Isabel II. Para ello debió buscar apoyo
en sectores que hasta hacía poco tiempo no había
dudado en perseguir, en los liberales más moderados,
permitiendo así una nueva aproximación del liberalismo
a la política. Por ello, el fallecimiento de Fernando
VII operó como un disparo de salida hacia la guerra
civil para los defensores del proyecto absolutista que representaba
don Carlos – los “carlistas” - , conscientes
de que habían perdido toda la posibilidad de acceder
pacíficamente al poder.
Los
levantamientos carlistas de 1833 salpicaron toda la Península,
pero apenas se consolidaron en unos pocos lugares. Uno de
estos focos fue el este y sur de la provincia de Teruel,
tan sólo superado en importancia por el País
Vasco, donde instaló su corte don Carlos. Aquí,
un antiguo oficial del Royo, también de Alcañiz
como él, había reunido a un grupo de compañeros
de armas realistas y, valiéndose de su experiencia
anterior y del conocimiento de la zona, había conseguido
consolidar una partida que se mantuvo cuando las demás
se extinguían. Se trataba de Manuel Carnicer quien,
apoyándose en el refugio que le proporcionaba la
escarpada orografía de los Puertos de Beceite, sostuvo
su lucha contra el gobierno de manera itinerante dando golpes
aquí y allá en función de las circunstancias.
Con él colaboraron otros bajoaragoneses como Joaquín
Quílez, que había sido teniente coronel con
los realistas, o Enrique Montañés, de Mazaleón,
que había llegado al grado de capitán, además
de otros como Joaquín Bosque, de Calanda, o Vicente
Herrero, el Organista, de Villafranca del Cid.
Durante la primera fase de la guerra, tras fracasar en la
conquista del poder mediante la sublevación de las
ciudades, los carlistas turolenses no aspiraron al control
territorial. Ello hubiera supuesto disponer de una fuerza
que no tenían, incluso un compromiso con los combatientes,
que deberían permanecer en activo todo el año
y no como hasta el momento, pues el conflicto había
llevado el ritmo inverso a los trabajos en el campo, es
decir, la insurrección se acrecentaba cuando la demanda
de mano de obra para las tareas agrarias disminuía.
RAMÓN
CABRERA Y EL CARLISMO EN EL MAESTRAZGO
Nuestro
protagonista nació en Tortosa el 27 de diciembre
de 1806, destacando muy pronto por sus dotes militares.
Desde Morella y Cantavieja consiguió dominar una
gran parte de España, siendo esta última localidad
su residencia habitual y cuartel general, dada su privilegiada
posición y amurallamiento para acometer desde allí
la conquista de Morella.
En
abril de 1835 fue nombrado jefe de las fuerzas carlistas
de Aragón y Valencia (Maestrazgo, Puertos, Bajo Ebro,
Matarraña y Bajo Aragón) por Carlos V, dando
así un gran impulso a la guerra y muy especialmente
por su extraordinaria movilidad.
Como represalia por la muerte de los alcaldes turolenses
de las localidades de Valdealgorfa y Torrecilla, el general
Nogueras fusiló a la madre de Cabrera, Ana María
Griñó, el 16 de febrero de 1836 en la Suda
de Tortosa, hecho que tuvo gran repercusión en Europa
y que contribuyó todavía más a endurecer
la guerra en el Maestrazgo.
En octubre de 1838 fue nombrado teniente general y conde
de Morella tras su victoria en Maella. Rápidamente
organizó un pequeño estado con capital en
Morella, centro de la actividad carlista con servicios en
Cantavieja, Mirambel y Beceite.
En 1839, rechazó el convenio de paz de Vergara y
se retiró con su ejército al norte de Cataluña,
pasando a Francia en julio de 1840, donde vivió hasta
la segunda guerra carlista o guerra de los "matiners".
Nada más iniciarse fue designado por Carlos VI jefe
supremo de las fuerzas carlistas en Aragón, Cataluña,
Valencia y Murcia.
Llegado el año 1848 entró en Cataluña
para organizar a un ejército de 9.000 hombres, teniendo
que regresar a Francia poco después debido a que
la guerra no enraizó y las fuerzas gubernamentales
eran superiores.
En 1850 se casó con una dama de la alta sociedad
inglesa y comenzó a alejarse de los centros exiliados
carlistas, lo que fue acercándole con el tiempo a
ideas más moderadas y constitucionalistas. De esta
forma el "Tigre del Maestrazgo" acabó convirtiéndose
en el gran burgués de Wentworth.
Poco tiempo después Carlos VII le ofreció
la jefatura militar del tercer levantamiento carlista, pero
Cabrera lo rechazó negándose a participar
en otra guerra civil.
Fue en 1875 cuando reconoció como rey legítimo
a Alfonso XIII que le nombró capitán general
del Ejército, validándole todos sus honores
y títulos.
Finalmente retirado ya de toda actividad política
fijó su residencia en Inglaterra, hasta su muerte
el 24 de mayo de 1877, pero su leyenda, magnificada por
la imaginación popular, aún se mantiene viva
en numerosas localidad del Maestrazgo. De hecho, se ha convertido
en una figura real en la que se mezcla la historia y la
leyenda, adjudicándole hechos y andanzas por muchos
rincones del Maestrazgo turolense y castellonense, así
como el sobrenombre de “El Tigre del Maestrazgo.
Ha
sido la Historia la que nos ha legado la imagen de este militar
como la figura insigne del Carlismo, fiel a sus ideales, ambicioso
y tan sangriento en la batalla que llegó a tener en
jaque al ejército liberal.
Para dar la vuelta a la situación creada durante la
primera guerra carlista, tuvieron que producirse algunos cambios
importantes los cuales se desarrollaron en 1835. El primero
de ellos fue la muerte, como consecuencia de una delación,
de Manuel Carnicer, cerrando así con su jefatura esta
primera etapa. El segundo fue la llegada al poder de un hombre
poco habitual en aquella guerra de campesinos: Ramón
Cabrera, un joven ex seminarista de Tortosa que había
realizado un rápido aprendizaje en las tácticas
de la guerra y se había granjeado la confianza de los
principales oficiales. Ahora, valiéndose de lo aprendido
y de su voluntad de hacerse con el poder en el foco carlista
del Maestrazgo iba a tomar las riendas de la guerra en Aragón
y Valencia, llevando la fuerza del carlismo hasta sus máximas
cotas.
Con la llegada de Cabrera a la jefatura de las fuerzas carlistas
del Maestrazgo la guerra comienza a cambiar de aspecto. Tras
una fase de reorganización y afianzamiento de su liderazgo,
Cabrera va a dar en 1836 un vuelco a la situación.
Para ello abandonará la táctica itinerante que
suponían las partidas y, confiando en sus propias fuerzas,
pasará a una fase de control territorial. La pieza
clave será la villa de Cantavieja, enclavada en el
corazón del Maestrazgo que, tras la conveniente fortificación
se convertirá en la capital del carlismo. En ella establecerá
los almacenes de víveres y municiones, una maestranza
de artillería y una fundición, talleres de fabricación
de pólvora y balas… y todo lo necesario para
continuar la guerra. También es allí donde saldrá
de la imprenta un periódico, el Boletín del
Real Ejército del Reino de Aragón. Estos cambios
fueron acompañados de un profundo proceso de reorganización
del ejército, que realizó de manera cada vez
más sistemática los abastecimientos de provisiones
y las quintas de mozos en el territorio sobre el que actuaban.
Además, Cabrera se ayudó de un órgano
asesor, la Junta Auxiliar Gubernativa, en la que delegó
algunas funciones.
A partir de este momento se inicia una fase de ascenso en
el poder e influencia desplegados por Cabrera con eje en Cantavieja
y de radio cada vez más amplio hacia Aragón
y Valencia. Sólo las operaciones del general San Miguel,
a finales de 1836, significaron una breve interrupción
de esta trayectoria ascendente que llegará hasta el
invierno de 1839.
Entretanto, las demostraciones de la solidez con que actuaban
los carlistas en el Maestrazgo fueron numerosas. Una de ellas
se produjo en 1837, cuando llegó la Expedición
Real procedente del País Vasco y con el propio Carlos
V a la cabeza, que pudo descansar y aprovisionarse largamente
en el Maestrazgo por vez primera desde que abandonara sus
bases en el norte.
En febrero de 1838 fue tomada Morella, otra de las ciudades
emblemáticas del carlismo junto a Cantavieja y Mirambel,
donde se trasladaron muchas de las funciones de administración.
Y cuando el general Oraa preparó el asedio de esta
nueva capital fracasó estrepitosamente, por lo que
tuvo que retirarse con sus hombres sin haber conseguido su
objetivo.
Realmente el control territorial del carlismo alcanzaba a
casi toda la provincia de Teruel, a excepción de la
capital y Alcañiz, y se extendía más
allá llegando por el norte hacia el Ebro y por el sur
a la Plana de Castellón, alcanzando en algunos puntos
hasta la costa. Además, el número de poblaciones
fortificadas crecía, y muchas más eran las que
poseían autoridades carlistas que no obedecían
al gobierno de Madrid. Sin embargo, esto no indica que Cabrera
fuera capaz de provocar el hundimiento de la monarquía,
era sólo uno de los frentes que tenía abiertos.
Así pudo comprobarse a partir del otoño de 1839,
cuando la guerra en el norte había ya finalizado con
el Convenio de Vergara. Entonces los recursos dedicados por
el gobierno liberal pudieron concentrarse sobre el frente
del Maestrazgo, comenzando la cuenta atrás del poder
de Cabrera.
Espartero desde el Bajo Aragón y O´Donnell desde
Teruel emplearon el invierno para organizar sus tropas y estrechar
el cerco sobre el territorio carlista. En cuanto la climatología
lo permitió comenzó el avance y las principales
fortalezas rebeldes fueron cayendo una tras otra ( Segura,
Castellote, Aliaga, Cantavieja y Morella), ofreciendo cada
vez menos resistencia. Cabrera abandonó el Maestrazgo
enfermo y sin haber podido dirigir las operaciones en la fase
final. Ya nunca volvería a las tierras donde se forjó
el mito.
LA
SEGUNDA GUERRA CARLISTA
Concluida
la guerra, la agitación en el interior de la provincia
de Teruel nunca desapareció del todo, siendo bastante
frecuentes las noticias de partidas difícilmente
clasificables por su mezcla de elementos políticos
y delictivos. Esta actividad subió de tono durante
la Guerra de los Matiners (1846-1849), pero el hecho de
que Cabrera nunca consiguiera atravesar el Ebro para reencontrarse
con los escenarios y las gentes de la primera guerra, redujo
el impacto de esta nueva oleada insurreccional carlista
en el Maestrazgo.
Había que esperar a la última de las guerras
carlistas (1872-1875) para que nuevamente la provincia de
Teruel fuese considerada como uno de los focos principales
del carlismo. Desde la revolución de 1868, que derribó
a la dinastía borbónica del trono español,
la presencia de partidas carlistas se había incrementado
algo, manifestando una agitación poco habitual, pero
no fue hasta la primavera de 1872 cuando, de acuerdo con
directrices emanadas de la dirección del partido,
se produjo un verdadero levantamiento. Muy pronto los nombres
de los principales jefes carlistas comenzaron a sonar, haciéndose
muy conocidos los de Manuel Marco y Rodrigo, más
identificable como Marco de Bello, Pascual Cucala y Pascual
Gamundi.
Pero
el momento culminante de esta guerra se vivió al
año siguiente, en 1873, con la toma de Cantavieja,
que supuso de nuevo el paso a una estrategia de control
territorial. La población fue nuevamente fortificada
y convertida en capital carlista. Allí Marco de
Bello organizó su centro de operaciones y puso
en funcionamiento un colegio de cadetes. Desde este punto
los carlistas consiguieron el control de todo el territorio
de la provincia de Teruel que mediaba entre la capital,
Alcañiz y Morella, únicos baluartes que
el gobierno podía afirmar con propiedad que estaban
en su poder. Especial importancia tuvieron los asaltos
carlistas que sufrió la ciudad de Teruel en el
verano de 1874 a cargo de Manuel Marco y el infante don
Alfonso. A este respecto merece la pena citar las palabras
textuales de Manuel Marco: “ Si para tomar Teruel
es necesario quemar toda la ciudad, yo lo haré;
pero hacer daño no sólo sin que resulte
beneficio, sino en perjuicio nuestro, sería un
acto de necedad y vandalismo y […], yo he tomado
las armas como católico, español, carlista
y amante de mi patria”
El propio Marco de Bello, tras ser rechazado en una capital
que durante todo el siglo XIX manifestó una inequívoca
adhesión al liberalismo, fue destituido del mando
de las fuerzas carlistas de Aragón.
En la fase final del conflicto llegó otro de los
hombres míticos del carlismo decimonónico,
Antonio Dorregaray, con el encargo de tomar el mando y
acallar la disidencia que crecía entre las filas
rebeldes. Pero su función no pudo impedir la retirada
de las tropas hacia el norte y la capitulación
de Cantavieja en julio de 1875, tras un asedio de siete
días que resistió el bombardeo de alrededor
de 3000 proyectiles.
FIN
DEL CARLISMO
El
carlismo se mantuvo presente en la vida cotidiana de la
población turolense durante casi 50 años.
Es más, si lo sumamos a la Guerra de Independencia
y a la sublevación de los realistas durante el
Trienio Liberal, puede afirmarse que pasaron tres cuartas
partes del siglo embarcados en continuas guerras contrarrevolucionarias.
Un largo conflicto que había hallado la forma para
sostenerse en el tiempo pero, a la vez, el tiempo también
había cambiado al propio carlismo. De hecho, con
la derrota en 1876 se guardarán las armas y tomará
primacía la política como vía de
alcanzar sus objetivos. Los carlistas ya no lo serán
por integrar una partida insurreccional contra el gobierno,
sino por ser miembros de un partido político que
concurre a las elecciones y posee diputados, agrupaciones
locales y órganos de prensa. Y esta lucha ya no
se lleva a cabo en el medio rural sino en las ciudades,
que es el terreno donde juega la nueva política
de masas. Por eso, a finales del siglo XIX la provincia
de Teruel desapareció de la primera línea
del carlismo para ocupar tan sólo un espacio en
la memoria. E incluso ésta se fue debilitando desde
entonces en las propias tierras que habían tenido
tanto protagonismo.
 |
BIBLIOGRAFÍA:
"El Carlismo"
Autor: Pedro Rújula López
Instituto de Estudios Turolenses - Teruel, 2002
|

e-Mail
©Terueltirwal - 2007 - Prohibida la reproducción total o parcial de esta web sin la autorización expresa del propietario.
Webmaster: Jovicarso - Nules - Castellón
- España